martes, 2 de agosto de 2016

Nos falta la alegría compartida - Obispo Casaldáliga


La verdad es que no tenemos vino.
Nos sobran las tinajas, y la fiesta
se enturbia para todos, porque el sino
es común y la sola sala es ésta.
Nos falta la alegría compartida.
Rotas las alas, sueltos los chacales,
hemos cegado el curso de la vida
entre los varios pueblos comensales.
¡Sangre nuestra y de Dios, vino completo,
embriáganos de Ti para ese reto
de ser iguales en la alteridad.
Uva pisada en nuestra dura historia,
vino final bebido a plena gloria
en la bodega de la Trinidad!

Obispo Pedro Casaldáliga

Juan Eudes, maestro de santidad universal

Como sabemos, aquel pequeño misionero del siglo XVII que firmaba siempre “J. Eudes, sacerdote misionero”, nos invita constantemente a reavivar la vida cristiana en nosotros y en nuestro entorno, haciéndonos testigos de la ternura de Dios. Y él mismo lo hizo así a lo largo de toda su vida.
Como sacerdote, predicó el Evangelio de Jesús durante toda su larga y fecunda vida. Vivió con el deseo constante de despertar la fe y el amor de Dios en las almas. Ese servicio de la palabra corría parejas con un servicio de acompañamiento espiritual de las personas y de las comunidades…
Entre sus muchas obras escribió especialmente una destinada a personas en búsqueda de Dios: ”Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas”. Este libro conoció en vida de Juan Eudes, al menos 30 ediciones. “No es un libro de teología espiritual, sino más bien un grueso manual práctico de vida cristiana destinado a todos los fieles, y en primer lugar para los cristianos laicos, para ayudarles a caminar hacia la santidad “continuando y aplicando la vida de Cristo” (P. Milcent)
Este hombre, con corazón de fuego y apasionado  por hacer conocer el evangelio, tenía el acuciante deseo de “hacer amar a su muy querido Jesús, servir a la Iglesia de Jesús, restablecer la gracia, el espíritu y la vida del cristianismo que está apagado, hoy en las mayor parte de los cristiano”. Y aunque en su tiempo todo el mundo estaba bautizado el P. Eudes vio, en el transcurso de sus misiones, cuan grande ignorancia que había entonces sobre este sacramento. Como la hay en nuestro tiempo. 
Sintió la urgencia de devolverle, en la conciencia del cristiano común, su importancia al bautismo como Contrato del hombre con Dios. Contrato en el que, con una mirada de amor para cada uno de nosotros, Jesús, el Hijo, nos hace participar en su vida; el Espíritu Santo, o más exactamente, el Espíritu de Jesús, se nos da para ser el espíritu de nuestro espíritu, el corazón de nuestro corazón.
Se trata de una Alianza maravillosa, nos dice San Juan Eudes, la del amigo con su amigo, los de los hermanos con sus hermanos, la del niño con su padre, la de la esposa con su esposo. Pero esta alianza nos compromete también a todos con Dios. Para vivir en conformidad con nuestro bautismo, es necesario renunciar a todo lo que es obstáculo a la vida de Cristo en nosotros, y vincularnos a Él: “Ser cristiano es hacer profesión de Jesucristo, vivir de su vida, ser animado por su espíritu”.
En Vida y Reino Juan Eudes recuerda a todos los cristianos, laicos, sacerdotes, religios@, que nuestra vocación es la santidad: “Ser cristiano y ser santo es la misma cosa; cualquiera que lleva el nombre de cristiano está obligado a seguir a Jesucristo en la santidad de su vida y sus costumbres”.
Eso es lo  mismo que nos dijo el Vaticano II a hablar, en el nº 10 de la Lumen Gentium, de la llamada universal a la santidad. Y Juan Eudes insiste en que la santidad no consiste en no tener pecado sino en corresponder a la llamada de Dios con y en nuestra vida. El Bautismo es  para nosotros una llamada a la santidad “porque ser cristiano, es continuar la vida de Cristo en nosotros”, llegar a ser la imagen viva de Jesús. Y estar bautizado es hacerse manos, mirada, rostro y boca de Jesús en cada instante, hagamos lo que hagamos. Algo parecido a lo que la santa de Ávila decía al afirmar que «Dios no tiene más manos que las nuestras».
Juan Eudes nos proporciona medios sencillos para renunciar a nosotros mismos y darnos a Jesucristo y dejar  que él crezca en nosotros. Siguiendo a Pablo, afirma que la meta es que “Jesús sea formado en nosotros”, y que nosotros nos demos prisa en llegar a ser su imagen viva en nuestro aquí y ahora. Por eso nos propone algunos ejercicios “para vivir cristianamente y santamente” cada etapa del año y santificar nuestro tiempo.
Así, poco a poco, cada un@  de nosotr@s y todos juntos, seremos, paso a paso, otros tantos Cristos como dijera, mucho antes que él, San Agustín de Hipona, afirmación a la que Juan Eudes supo darle un sentido y un alcance más profundos..


La causa de los pobres - al teólogo J.I. González Faus


La misericordia de Juan Eudes en el Año de la miseeicordia


San Juan Eudes alimentaba su esperanza en la palabra de Jesús, que ilumina todo duro contexto histórico y nos impulsa a transformar la historia que estamos haciendo. Por eso su mensaje tiene especial sentido en estos comienzos de siglo, cuando tantas cosas deben cambiar si la especie humana quiere de veras sobrevivir y superar con dignidad los desafíos que la cercan. Y es que, cuando la barbarie parece haber alcanzado las cotas más altas de inhumanidad, una opción espiritual que hace de la misericordia su columna vertebral parece tener mayor significado y un alcance especialísimo.
Quizás por eso mismo el papa Francisco quiso establecer este Año de la Misericordia que ya está llegando a su fin. Cabe que cada uno de nosotros se pregunte: ¿realmente ha significado para mí este año un crecimiento en el sentido, el compromiso y el testimonio de la misericordia como nos la enseño Jesús?
Juan Eudes, hoy más que nunca, nos recuerda que los cristianos hemos de contribuir, con el anuncio y la denuncia evangélicos, a un giro de conducta deseable a nivel de humanidad, a fin de que cada cristiano se pregunte hasta qué punto es cómplice de esta historia humana deplorable y en qué medida debe contribuir, con su compromiso personal, a que la historia enderece su rumbo, se haga más humana, y supere su divorcio respecto al plan de Dios. 
Esto solamente puede lograrse, hoy por hoy, con una opción decidida por la misericordia al estilo de Dios. No es aventurado, entonces, afirmar que la última opción que le queda al hombre, en su lucha por subsistir sobre la tierra, es la del amor.
Urge, por lo tanto, un cambio radical de paradigma. Bertolt Brecht, siempre lúcido, exclamaba: «¡Hay que cambiar este mundo, y luego cambiar este mundo cambiado!». Volver a buscar el sentido de la vida; tantear cierto equilibrio entre el saber y el obrar; descubrir las leyes que iluminen la inteligencia y den calor al corazón; nostalgias metafísicas, misteriosamente luminosas, son ascéticas que proponen los místicos sin descanso.
Por tanto, si «ser humano significa vivir en un mundo, o sea, una realidad que esté ordenada y dé sentido a la vida»1, hay que salir en busca de ese sentido precedente, descubrirlo, acogerlo, vivir de él, confiarse a él y, desde él, hacer la vida, viviéndola como don y como tarea2. Esto implica una actitud de apertura esperanzada hacia el futuro. Tal vez sea tiempo ya de que todos los hombres aprendamos, con el filósofo Foucault, a «entender siempre el presente como producto del pasado y como sementera de lo nuevo». Y en tal aprendizaje buen maestro resulta san Juan Eudes.
Tal confianza absoluta en Dios, por un lado, y en la vocación del hombre a convertirse en un viviente, por el otro, no permite ningún relativismo moral; sólo nos manifiesta la gratuidad de una llamada que no depende de ningún privilegio personal u orientación particular. Es una invitación que nos lleva al reconocimiento de la igualdad constitutiva entre el hombre y la mujer, entre las diferentes culturas de nuestro mundo y a la comunión con el universo. Lo cual permitirá que se hagan realidad aquellas palabras de Juan Eudes cuando afirma: «el mundo de la nueva criatura es un mundo de gracia, de santidad y bendición, con bellezas y delicias infinitas»3.


1  P. Berger, ibid., 63.
2 Ver H. Marcusse - K. Kopper - M. Horkheimer, A la búsqueda del sentido, Sígueme, Salamanca, 1978
3 San Juan Eudes, Ibid., p. 339.

El peor de los miedos es tener miedo (Juan Eudes)


Señor, haz que yo vea… tu rostro en cada esquina


Señor, haz que yo vea…
tu rostro en cada esquina.

Y sienta en mi corazón tus miserias,
y me preocupe por atenderlas
y, al precio que sea, las atienda.

Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida.
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo.
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares con tu ausencia.

Señor, haz que yo vea
tu rostro en cada esquina,

y sienta en mi corazón tus miserias,
y me preocupe por atenderlas
y, al precio que sea, las atienda.
Y que siga viendo tu rostro
en cada esquina. 






lunes, 1 de agosto de 2016

Mientras siga habiendo pobres habrá una teología de la liberación y la misericordia


Equivocada y lamentable sigue resonando la afirmación que, hace un año, hiciera el obispo Carlos Aguiar, presidente del CELAM (Conferencia Episcopal Latinoamericana): "la Teología de la Liberación está muy anciana, si no es que ya está muerta... ". Porque sigue viva, y seguirá viva mientras siga habiendo pobres.
La teología de la liberación surgió a partir del Concilio Vaticano II como una clara opción por los oprimidos del mundo, y en particular de América Latina donde tuvo su origen. Fue la respuesta, desde el Evangelio, más seria y comprometida con los empobrecidos que se haya dado a lo largo de la historia de la Iglesia. 
Esa teología ha tratado no solo de acompañar a los pobres, sino de buscar y denunciar las causas generadoras de su situación que, en demasiados casos, llegó a la persecución y muerte de muchos cristianos, unos anónimos y otros bien conocidos, como Oscar Romero en el Salvador, Gerardi en Guatemala, los Jesuitas de la UCA, etc. 
Y si entonces había millones de pobres en Latinoamérica, millones sigue habiendo ahora, con el agravante de que la diferencia entre ricos y pobres es hoy mucho más grande y criminal que entonces.
Millones que siguen apelando a la misericordia de quienes nos decimos cristianos.
¿Habrá leído Mons. Aguiar La Alegría del Evangelio? Porque allí dice el Papa Francisco:
"El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que hasta Él mismo «se hizo pobre» (2 Co8,9).
Todo el camino de nuestra redención está signado por los pobres. Esta salvación vino a nosotros a través del «sí» de una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio. El Salvador de los pobres nació en un pesebre, entre animales, como lo hacían los hijos de los más pobres; fue presentado en el Templo junto con dos pichones, la ofrenda de quienes no podían permitirse pagar un cordero; creció en un hogar de sencillos trabajadores y durante treinta años trabajó con sus manos para ganarse el pan.
Cuando comenzó a anunciar el Reino, lo seguían multitudes de desposeídos, y así manifestaba lo que Él mismo proclamaba: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres» (Lc 4,18).
A los que estaban cargados de dolor, agobiados de pobreza, les aseguró que Dios los tenía en el centro de su corazón: «¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!» (Lc 6,20); Con ellos se identificó: «Tuve hambre y me ustedes me dieron de comer», y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo".
Como él y con él, hubo y siguen habiendo millones de personas, sobre las que está el Espíritu de Dios, dedicadas a atender con amor a los pequeños de este mundo. Son ésos millones de cristianos comprometidos los que pueden, y ya lo están haciendo, cambiar el mundo. Valga otra vez la palabra de Francisco:
"Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad... fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos"(Francisco en La alegría del Evangelio).
Ahora solo nos queda desear ardientemente que el Espíritu Santo de Dios nos acompañe en asumir el más grande compromiso de luchar por el Reino de Dios, es decir, por la justicia, la fraternidad, la igualdad, el amor, la solidaridad, la vida, la esperanza, la paz, la comunión universal entre personas, pueblos y naciones; y que surjan cada día más personas por todas partes dispuestas a caminar comprometidas en esta dirección.
Y ojalá entre ellos nos encontremos los hijos e hijas de Juan Eudes, llamados por él a convertirnos en misioneros y testigos de la misericordia.
Ciertamente, Señor Aguiar, mientras haya pobres habrá evangelio de Jesús y habrá teología de la liberación y la misericordia.