Mostrando entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta misericordia. Mostrar todas las entradas

jueves, 2 de febrero de 2017

Misericordia que reclama misericordia

No debe extrañarnos que el tema de la misericordia haya pasado a ser uno de los leitmotifs de la existencia cristiana en nuestros días. A ello han llegado tanto la teología como la espiritualidad por diversos caminos, enriqueciendo maravillosamente la reflexión y la praxis.
Y no es que la misericordia, en cuanto realidad, sea algo novedoso; desde sus inicios la Iglesia ha visto en lo que tradicionalmente se llamaba «obras misericordia» un test fundamental para valorar la sinceridad del compromiso cristiano. Lo que es relativamente nuevo es la riqueza en la reflexión y la mayor comprensividad del valor misericordia. Algunos hablan de «principio misericordia»[1].
Como hemos visto, la concepción de Dios como Misericordia hunde sus raíces, firmemente, en el A.T. Sobre todo la reflexión profética y sapiencial fue, paulatinamente, afincando en la conciencia del pueblo judío la certeza de que Dios, por así decirlo, tenía corazón; en otras palabras, era fundamentalmente amor, entrega y salvación gratuita, se compadecía hondamente de los dolores del pueblo. 
Sobre esta convicción, ya madura, Cristo construyó todo su Evangelio. Y de allí tomó la Iglesia los fundamentos de una praxis cristiana que, durante los primeros siglos, fue una experiencia universal y constante de amor y servicio. Sólo tardíamente comenzó a ponerse mayor énfasis en el cumplimiento de la ley que en la vivencia de la misericordia.
Ahora estamos recobrando la convicción de los inicios. Y es que la bendición de Dios, realizada originalmente en el bautismo, con la solemnidad de una alianza eterna, ha de ser, por fuerza, algo real en el hombre. Por eso, debe haber una manera de amar cristiana, evangélica. Es imposible que la bendi­ción de Dios sea un camino cerrado, sin itinerario ni aprendizaje practica­bles. Ha de haber un nivel espiritual, propio del Reino de Dios, donde sea po­sible amar sin egoísmo, sin voluntad de poder, sin libidinosidad, tal como Jesús amaba a los suyos. Este camino no puede ser un simple ideal irreali­zable, en la hipótesis de que sea verdad que Dios quiere hacernos felices haciéndonos santos. 
De esta manera el cristiano, al reproducir la esencia de un Dios que es esencialmente «agapé», amor y misericordia, un Dios que crea, que constantemente regenera y que salva (cf 1 Jn 4,8.16), se hace a sí mismo amor y recupera su identidad verdadera: porque su patria es el amor. 
Las afirmaciones de Juan Eudes en este sentido adquieren especial contundencia: «...el amor que le tenemos al prójimo es la medida justa del amor que le tenemos a Dios: si tenemos mucho amor al prójimo, tenemos mucho amor a Dios; si tenemos poco de aquel, tenemos poco de éste; si el amor al prójimo no está en nuestro corazón, tampoco lo está el amor a Dios: “quien odia a su hermano, afirma san Juan, y dice que ama a Dios, es un mentiroso”(1Jn 4,20)»[2].




[1] Cf., por ejemplo, la excelente obra de J. SOBRINO: El principio-misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Sal Terrae, Santander.
[2] OC, V, 322.

lunes, 9 de enero de 2017

Misericordia, al estilo de Juan Eudes, implica adorar a Dios acogiendo en el corazón las miserias de los miserables

“Nosotros  adoramos  en  el  Padre  eterno  dos  grandes  e  inefables perfecciones... La primera es su divina Paternidad... La segunda.. es aquella que se expresa en las Escrituras, cuando se le llama "el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación, para hacernos ver que El lleva todas nuestras miserias en su corazón; que ellas lo conmueven vivamente (compasión: sufrir con...J ... y que tiene un deseo infinito de liberarnos de ellas”, escribió san Juan Eudes (1). (O.C., VII, 499-500).
Y es que el mensaje central de su espiritualidad es evidente: Jesús personifica la misericordia divina, la misericordia activa y viviente de un Dios que viene a salvar a los malheridos del camino a Jericó. En la persona de Jesús, Dios se acerca gratuitamente a quienes están en desgracia y son incapaces de liberarse a sí mismos.  
Todo esto porque Jesús es el Corazón humano de Dios - hermoso hallazgo teológico eudiano -  que se echa encima todas nuestras miserias para liberarnos de ellas. 
Y es esa misma actitud - "llevar en el corazón" - la que Dios nos  pide a nosotros frente al prójimo. Juan Eudes lo reitera, en diversas formas, a lo largo de sus obras: no hay otra manera de vivir el amor misericordioso de Jesús. Tal actitud traduce y resume una experiencia fundamental que atestigua todo lo demás: ser cristiano es ser capaz de abrirse suficientemente, desde lo más profundo, para acoger en su vida al "otro": a Dios, al prójimo, y, en particular, a quien experimenta cualquier tipo de miseria. Es esto lo que Juan Eudes llama “llevar en el corazón”[1]. 
Para él, un corazón auténticamente cristiano es aquel que, ante todo, sabe recibir y acoger a ese Dios esencialmente gratuito, pero que también, con Dios y como Dios, sabe acoger las miserias de los demás hasta tal punto que lo impresionen, lo habiten en lo más profundo de su ser, y lo dinamicen hacia una acción comprometida y  coherente.
La acogida que se da a las "miserias" de los otros y al amor de Dios, o, para decirlo mejor, la acogida que, a partir de mi propia miseria, le doy a la miseria del prójimo, es también acogida en el corazón de Dios. Por tanto, debe  tener tal profundidad que alcance el fondo de mi ser, y ponga en movimiento los mecanismos vitales del amor. Y esa reacción del fondo de mi ser se hace a la vez adoración y compasión, como dos aspectos de la misma realidad.
Acoger al otro en mi corazón toca y mueve el impulso fundamental de mi vida. Entonces, del fondo de mi  ser surge un movimiento hacia el otro y hacia el Otro así acogidos, y surge un compromiso que se expresa en la que podemos llamar «misión misericordia».
Ello implica ir profundizando la experiencia de la compasión, dinamizándola y aprendiendo a "llevar en el corazón" las miserias del que sufre. Hay un espacio interior, una cualidad y una totalidad de acogida donde la adoración y la compasión llegan a ser dos aspectos indisociables de la reacción del ser ante la misericordia divina quien se compadece "recibe" de Dios.
La capacidad de "llevar en su corazón" constituye la condición fundamental del compromiso. Es en ese sentido como a lo largo de todo el camino espiritual eudista se habla tanto de receptividad, de acogida del amor de Dios y de las miserias humanas, de interioridad, de reacción del fondo del ser, es decir, en el corazón.
Porque cuando lo que se acoge es la miseria del otro, tal como es llevada en el corazón de Dios, la ADORACIÓN a Dios se hace COMPASIÓN al hermano.
Así, en la experiencia de misericordia vivida en profunfidad se experimentan, al mismo tiempo, la adoración y la compasión, como dos aspectos de una misma reacción desde el fondo del ser:
- a la acogida, en su propia miseria, de la infinita bondad de Dios que salva (adoración)
- a la acogida de la miseria del otro (compasión)
La receptividad "hace germinar" o expresarse esta energía de adoración-compasión, y entonces se inicia el proceso de compromiso y de don de sí verdadero.


[1] O.C., VII, 499-500



sábado, 26 de noviembre de 2016

MISION Y MISERICORDIA


Misión es partir, 
caminar, dejar todo, 
salir de sí, quebrar la corteza del egoísmo 
que nos encierra en nuestro yo.

Es parar de dar vueltas 
alrededor de nosotros mismos 
como si fuésemos el centro 
del mundo y de la vida.

Es no dejar bloquearse 
en los problemas del mundo pequeño 
a que pertenecemos: 
La humanidad es más grande.

Misión es siempre partir, 
más no devorar kilómetros. 
Es sobre todo abrirse a los otros 
como hermanos, descubrirlos 
y encontrarlos.

Y, si para descubrirlos y amarlos 
es preciso atravesar los mares 
y volar por los cielos, 
entonces misión es partir 
hasta los confines del mundo.




Monseñor "Dom" Helder Câmara

sábado, 5 de noviembre de 2016

Ser cristiano es vivir dispuesto a ayudar incondicionalmente a quien lo necesite

No creo que nadie, hoy menos que nunca, pueda considerarse gente amorosa y cristiana si no cuida del pobre y del necesitado, quienquiera que sea y donde quiera que esté. Se trata de una responsabilidad subrayada por Cristo que debemos tomar más en serio… Mucho más en este año especial de la misericordia que ya casi estamos concluyendo.
Recordemos aquel crucial pasaje de I Corintios 13.3: “Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso”. 
Se trata de un contundente recordatorio sobre el temaÑ dar de nuestras posesiones y vidas al pobre y necesitado siempre nos beneficia. Pero solo nos beneficia si lo hacemos con amor. 
Puede que sientas que estás haciendo “bien” al dar o compartir algo con los pobres. Es bueno hacerlo... pero  “¿bueno para qué? ... “bueno para quién?”.
Echa un vistazo a tu vida:
¿Cómo ayudas cuando ayudas?
¿Te das a ti mism@ por una causa? ¿O lo haces simplemente porque debes?
¿Hay amor en tu corazón? ¿Es un amor respetuoso, atento y tierno o un poco despectivo?
¿Te importan aquellos a quienes dices servir? ¿Tan siquiera los ves cuando están frente a ti?
Por ejemplo... ¿notas a la cajera en el supermercado o al que te vende el periódico?
¿Notas a la persona que, en el  lugar de trabajo, lo hace al lado de la tuya?
¿Ves y atiendes a los demás durante el día o simplemente están en tu camino, en tu camino hacia hacer algo “bueno”?...
Si quieres que tu vida y tus acciones sean de beneficio para ti y para otros, asegúrate de tener verdadero amor.
Camina despacio hoy. Mira a las personas en los ojos. Nota sus gozos y tristezas. Compártelos. Atiéndelos. Ámalos. No te limites a “hacer el bien”. El dar con amor será de beneficio para todos, incluso para ti.
Dios es amor. Sin Dios no hay amor. Y sin amor no hay Dios.
Entonces la pregunta podría extenderse un poco más: ¿qué implica para mí creer en ese Dios y amar como ama ese Dios?

viernes, 30 de septiembre de 2016

Invitación a jóvenes que sienten y viven las miserias de los miserables....


Dios regala a cada criatura un proyecto, le confía una tarea, le pide un compromiso. Es lo que nosotros llamamos "vocación".
"Señor, ¿qué quieres que yo haga?" "¿Cómo debo seguirte y vivir en el amor?, son preguntas frecuentes, sobre todo entre los jóvenes.
Nosotros queremos ser, con mucha sencillez, ser punto de referencia para tantos jóvenes que van por la vida corriendo, pero sin saber muy bien hacia dónde corren...
Corren a la discoteca, a los conciertos.
Corren a celebrar los ritos dominicales en los estadios.
Corren a las manifestaciones de las plazas.
Corren a hacer experiencias de amor verdadero y falso.
Corren a los concursos de belleza, se someten a pruebas para convertirse en estrellas de la televisión y del espectáculo.
Corren a buscar paraísos artificiales, en búsqueda de paraísos artificiales, estáticos, con las pastillas, con la droga.
Corren... Quizás para escapar de sí mismos... ¿O para buscarse a sí mismos?... ¿Quizás a Dios?...
¿Quién puede darles una respuesta verdadera?
Nos dirigimos a los jóvenes que buscan algo, que buscan a alguien...
Quisiéramos dar respuesta a los jóvenes que se interrogan sobre el sentido de la vida, sobre la vía que deben tomar, sobre las decisiones de la vida: el matrimonio, la consagración religiosa, el voluntariado, la misión....
¿Cómo? Con la acogida fraternal, la compañía personal o de grupo. La Palabra de Dios, la caridad fraternal y las ciencias humanas guían y orientan concretamente este trabajo de búsqueda.
Queremos acoger también a los jóvenes que desean pasar una experiencia de vida comunitaria y fraternal, compartir la misión, el servicio, la entrega, la misericordia incondicional.... ¿Quieres conocernos? ¡Ven! °Detente y comparte con nosotros!
Somos los hijos de Juan Eudes, un santo que supo de la misericordia vivida a pleno pulmón.... Te estamos esperando... Te invitamos a hacer tuyas las miserias de los miserables, a hacer algo para solucionarlas... y a hacerlo junto con nosotros...

miércoles, 31 de agosto de 2016

¡Denles ustedes de comer!

El cansancio vital es un sentimiento que, de un modo u otro, lo hemos sentido todos. Pueden ser cargas familiares o profesionales, problemas o agobios de lo más variados que nos abruman, y hacen que brote del fondo de nuestro ser un amargo lamento.
Es el peso de la responsabilidad, que, en ocasiones, nos gustaría, sencillamente, quitarnos de encima. Tanto más deseamos librarnos de este fardo, cuando el sentimiento que nos abruma procede de la preocupación por problemas ajenos.
Así, al contemplar el espectáculo del mal en el mundo, pero no en abstracto, sino en el rostro de los millones de seres humanos que padecen de formas atroces, en la mayoría de los casos, sin culpa propia, nos sentimos afectados, pero también impotentes, y la tentación es mirar hacia otro lado, decirnos que nada podemos hacer, que bastante tenemos con nuestros propios problemas.
Era la situación en que se encontraban los discípulos ante aquella masa en descampado y hambrienta. Con no poco sentido común, apelan a la autoridad de Jesús para que los despache y que ellos mismos se busquen la vida. Pero, he aquí que Jesús les lanza un desafío imposible: “denles ustedes de comer”.
Es importante caer en la cuenta de que no les dice: “no se preocupen, ya les doy de comer yo”, sino que los reta a que sean ellos los que respondan a esa necesidad, que claramente supera sus fuerzas. La necesidad es grande, y los recursos bien escasos: cinco panes y dos peces.
Pero, siguiendo la indicación del Maestro, eso poco, con lo que, tal vez, habrían podido remediar su propia necesidad, lo ponen a disposición de Jesús. Posiblemente, ésa es la clave para responder a muchos problemas que parecen excedernos: compartir para repartir, renunciar al propio egoísmo, ser capaces de posponer los propios intereses, por más legítimos y perentorios que nos parezcan, tener la generosidad de compartir eso poco que tenemos, poniéndolo a disposición de Cristo.

En su amor, los bienes compartidos se multiplican, y sucede el milagro de que alcanza para todos y aún sobra. Y ¿cómo vencer nuestro egoísmo, incluso la natural preocupación prioritaria por las propias necesidades? Escuchando la palabra de Jesús. Posiblemente, si tuviéramos el coraje de escuchar sin excusas las llamadas desafiantes de Cristo, y la generosidad de renunciar a parte de lo nuestro, cambiaría la faz de la tierra.

sábado, 20 de agosto de 2016

El homo viator en el camino de la misericordia,


El homo viator, caminante de la vida. Mucho se ha reflexionado y  escrito, a lo largo de la historia de la cultura, sobre este rasgo consustancial a  la naturaleza humana, pues la inmovilidad total aparece sólo cuando el cuerpo muere. Entretanto, siempre nos mantenemos en camino. De ahí que la expresión homo viator haya sido un  tópico literario, usado con profusión desde la literatura medieval (por ejemplo, por Gonzalo de Berceo y Dante) hasta la contemporánea (Antonio Machado, León Felipe, ...). También hay que destacar su utilización en los campos filosófico y teológico por parte de Plotino, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino y, ya en el siglo XX, por Gabriel Marcel, Gustavo Bueno, y un largo etcétera de pensadores actuales.
Cada uno de nosotros sacamos, espiritualmente hablando, beneficios de este rasgo que, cada día y en cada momento, exhibimos de muy variadas maneras:
- andando por la calle, yendo al trabajo o al estudio o volviendo de él, paseando solos  o acompañados; haciendo marchas, o carreras, o carreras, para estar en forma;
- usando los transportes públicos (metro, autobús, buseta, taxi…) o  nuestro propio vehículo;
- viajando a diversos lugares próximos o lejanos, y por diversos motivos  (profesionales, vacacionales, pastorales), en autobús, en metro, en avión, en barco, a pie ...
- recorriendo una comunidad, un barrio, un pueblo, una aldea, etc., en labores políticas, sociales, educativas, pastorales, etc.
Todos estos movimientos y desplazamientos encierran no sólo un esfuerzo físico sino también un propósito inmediato; según la superficialidad o la hondura con que asumamos los acontecimientos de la vida cotidiana, algunos de ellos nos servirán para madurar espiritualmente, para sentir cada vez más a nuestro lado al Dios que, en Jesucristo, se hace nuestro acompañante, y para no perder de vista aquel “busquen primero el reino de Dios y su justicia” de que nos hablaba Jesús…
Otros serán sólo oportunidades sobre las que nos deslizamos superficialmente, pasando de largo, como el  sacerdote y el levita en el camino a Jericó, porque no abrimos la sensibilidad de nuestro corazón a las posibilidades de fe y de compromiso que nos ofrecen. En este contexto sitúa Jesús una de sus parábolas paradigmáticas: la del Buen Samaritano.
Un hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto.
Este versículo, que abre el relato evangélico de la hermosa parábola de Jesús, contiene varios mensajes de carácter pastoral que conviene tener presentes para una comprensión más fiel de su enseñanza. Aquí van  algunas ideas, en una primera y abreviada mención:
En primer lugar hay que destacar al hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó. Desde la perspectiva de la parábola, ese hombre representa a la humanidad de todos los  tiempos. Siempre en camino, siempre persiguiendo una meta, un ideal, un sueño… Generalmente enfrentando dificultades, viviendo sustos, conociendo personas de todo tipo,  tropezando también con víctimas del desamor, como lo vemos en la parábola…
a. Todo ser humano es homo viator, un caminante, andariego de la propia vida, la cual va haciendo -o deshaciendo- en su caminar, paso a paso.
b.  El término de este camino, Jericó, encierra una gran fuerza simbólica en cuanto alegoría de la  meta anhelada como cúlmen de toda andadura humana. En la parábola se queda a nivel de sueño no alcanzado.
c. En los caminos de la vida uno  encuentra o alcanza a muchas otras personas, que también hacen su recorrido. Personas de todo tipo y de diversas conductas: las que ayudan o acompañan, las que estorban o impiden...Y víctimas, de todo tipo de toda condición... Personas, en fin, ante las cuales hemos de tomar posición….
d. En último lugar, pero no por ello menos importante, se menciona el asalto de los bandidos y sus consecuencias para el transeúnte anónimo.
En la intención de Jesús este asalto no es un simple dintel de entrada o un pretexto para penetrar en los avatares del resto de la parábola y en su conclusión, sino un dato esencial que merece el detenimiento, la atención y el discernimiento suficientes por parte del lector, como veremos luego.
Desde la perspectiva de Juan Eudes, todos estamos llamados a recorrer, como Jesús y con Jesús, un largo camino signado por el amor misericordioso, dado y recibido. 
Un camino que implica encuentros claves, compromisos y olvidos, dolor y al final esperanza y gozo. 
Un camino, donde se viven muchas experiencias: sorprendentes, gratificantes o dolientes: los misterios gozosos y gloriosos, pero también dolorosos, del camino humano existencial. Todos ellos como una particular y personal experiencia, que al final conducen a Dios en su misericordia exquisita.

Sobre ello, seguiremos reflexionando.

jueves, 4 de agosto de 2016

Reflexiones sobre el amor como misericordia


«No hay hombre tan pobre que no tenga algo digno de dar».
Lope de Vega

«Todo hombre que te busca va a pedirte algo. El rico aburrido, la amenidad de tu conversación; el pobre, tu dinero; el triste, un consuelo; el débil, un estímulo, el que lucha, una ayuda moral. 
Y tú osas impacientarte? ¿Y tú osas pensar: «¡Qué fastidio!»? ¡Infeliz! El privilegio de los privilegios, el bien de los bienes, la prerrogativa de las prerrogativas es DAR, 
y tú puedes dar».
A. Nervo

«Si no existiesen el hambre, la soledad y la enfermedad, si todos los seres humanos estuviesen sanos y satisfechos, ¿cómo podríamos los hombres ejercitar el amor?».

José María Moliner

martes, 2 de agosto de 2016

La misericordia de Juan Eudes en el Año de la miseeicordia


San Juan Eudes alimentaba su esperanza en la palabra de Jesús, que ilumina todo duro contexto histórico y nos impulsa a transformar la historia que estamos haciendo. Por eso su mensaje tiene especial sentido en estos comienzos de siglo, cuando tantas cosas deben cambiar si la especie humana quiere de veras sobrevivir y superar con dignidad los desafíos que la cercan. Y es que, cuando la barbarie parece haber alcanzado las cotas más altas de inhumanidad, una opción espiritual que hace de la misericordia su columna vertebral parece tener mayor significado y un alcance especialísimo.
Quizás por eso mismo el papa Francisco quiso establecer este Año de la Misericordia que ya está llegando a su fin. Cabe que cada uno de nosotros se pregunte: ¿realmente ha significado para mí este año un crecimiento en el sentido, el compromiso y el testimonio de la misericordia como nos la enseño Jesús?
Juan Eudes, hoy más que nunca, nos recuerda que los cristianos hemos de contribuir, con el anuncio y la denuncia evangélicos, a un giro de conducta deseable a nivel de humanidad, a fin de que cada cristiano se pregunte hasta qué punto es cómplice de esta historia humana deplorable y en qué medida debe contribuir, con su compromiso personal, a que la historia enderece su rumbo, se haga más humana, y supere su divorcio respecto al plan de Dios. 
Esto solamente puede lograrse, hoy por hoy, con una opción decidida por la misericordia al estilo de Dios. No es aventurado, entonces, afirmar que la última opción que le queda al hombre, en su lucha por subsistir sobre la tierra, es la del amor.
Urge, por lo tanto, un cambio radical de paradigma. Bertolt Brecht, siempre lúcido, exclamaba: «¡Hay que cambiar este mundo, y luego cambiar este mundo cambiado!». Volver a buscar el sentido de la vida; tantear cierto equilibrio entre el saber y el obrar; descubrir las leyes que iluminen la inteligencia y den calor al corazón; nostalgias metafísicas, misteriosamente luminosas, son ascéticas que proponen los místicos sin descanso.
Por tanto, si «ser humano significa vivir en un mundo, o sea, una realidad que esté ordenada y dé sentido a la vida»1, hay que salir en busca de ese sentido precedente, descubrirlo, acogerlo, vivir de él, confiarse a él y, desde él, hacer la vida, viviéndola como don y como tarea2. Esto implica una actitud de apertura esperanzada hacia el futuro. Tal vez sea tiempo ya de que todos los hombres aprendamos, con el filósofo Foucault, a «entender siempre el presente como producto del pasado y como sementera de lo nuevo». Y en tal aprendizaje buen maestro resulta san Juan Eudes.
Tal confianza absoluta en Dios, por un lado, y en la vocación del hombre a convertirse en un viviente, por el otro, no permite ningún relativismo moral; sólo nos manifiesta la gratuidad de una llamada que no depende de ningún privilegio personal u orientación particular. Es una invitación que nos lleva al reconocimiento de la igualdad constitutiva entre el hombre y la mujer, entre las diferentes culturas de nuestro mundo y a la comunión con el universo. Lo cual permitirá que se hagan realidad aquellas palabras de Juan Eudes cuando afirma: «el mundo de la nueva criatura es un mundo de gracia, de santidad y bendición, con bellezas y delicias infinitas»3.


1  P. Berger, ibid., 63.
2 Ver H. Marcusse - K. Kopper - M. Horkheimer, A la búsqueda del sentido, Sígueme, Salamanca, 1978
3 San Juan Eudes, Ibid., p. 339.

Señor, haz que yo vea… tu rostro en cada esquina


Señor, haz que yo vea…
tu rostro en cada esquina.

Y sienta en mi corazón tus miserias,
y me preocupe por atenderlas
y, al precio que sea, las atienda.

Que vea reír al desheredado,
con risa alegre y renacida.
Que vea encenderse la ilusión
en los ojos apagados
de quien un día olvidó soñar y creer.
Que vea los brazos que,
ocultos, pero infatigables,
construyen milagros
de amor, de paz, de futuro.
Que vea oportunidad y llamada
donde a veces sólo hay bruma.
Que vea cómo la dignidad recuperada
cierra los infiernos del mundo.
Que en otro vea a mi hermano,
en el espejo, un apóstol
y en mi interior te vislumbre.

Porque no quiero andar ciego,
perdido de tu presencia,
distraído por la nada…
equivocando mis pasos
hacia lugares con tu ausencia.

Señor, haz que yo vea
tu rostro en cada esquina,

y sienta en mi corazón tus miserias,
y me preocupe por atenderlas
y, al precio que sea, las atienda.
Y que siga viendo tu rostro
en cada esquina. 






domingo, 10 de julio de 2016

Para encontrar a Dios no tenemos que olvidar las miserias del hombre....

En su obra Los justos, una de sus mejores y más finas piezas teatrales, Albert Camus (1913-1960), el famoso escritor francés, cuenta la historia de un santo ruso llamado Demetrio; lo hace en pocos renglones y poniéndola en boca de Kaliayev, un revolucionario que no ve la hora de hacer volar el mundo en pedazos. Le pregunta a Foka uno de sus compañeros: «¿Conoces la historia de San Demetrio?». Como éste le responde que no, Kaliayev inicia su relato de la siguiente manera: 
«Tenía cita en la estepa con el mismo Dios y allá iba de prisa cuando encontró a un campesino con el carro atascado. Entonces san Demetrio lo ayudó. El barro era espeso, el bache profundo. Hubo que luchar durante una hora. Al terminar, san Demetrio corrió a la cita, pero Dios ya no estaba».
¡Cómo! ¿Es que se había impacientado Dios? ¡Pero si para Él mil años son como un día! ¿Por qué se había marchado? Foka está impaciente por escuchar el final de la historia:
«— ¿Y entonces? —pregunta sinceramente intrigado.
«— Y entonces —concluye Kaliayev— están los que siempre llegarán tarde a la cita con Dios porque hay demasiadas carretas atascadas y demasiados hermanos que socorrer».
Ante esta historia muchoz podrían preguntarse:
¿Se trata de una historia verdadera o no es más que un relato adaptado a las conveniencias? Y si es una historia verdadera, ¿por qué se alejó Dios del lugar en el que había citado a su servidor? ¿Es que se impacientó al ver que éste no llegaba? ¿No soportó que por una hora lo hubieran dejado en segundo lugar? ¿A Dios, pues, le importa tanto su gloria? ¿Hasta qué punto le importa: hasta el de no comprender que hay un mandamiento que dice que al prójimo hay que amarlo con todo el corazón, es decir, como a uno mismo? Realmente se me hacía injusto que Dios se hubiera marchado: ¡como si Él, que todo lo sabe, no hubiera previsto que las carretas se atascan y los santos son siempre serviciales! 
En lo personal, cuando leí por primera vez esta pieza de Camus tenía yo alrededor de veinte años de edad y era demasiado susceptible, de modo que hacerme estas preguntas (y otras parecidas) fue casi inevitable. Y, por más que imaginaba soluciones y avanzaba hipótesis, no encontraba manera de salir del paso: no veía ni un solo argumento de peso que justificara la ausencia de Dios.
En síntesis, me decía: si Dios es como lo pinta esta leyenda, no queda otra opción que hacerse ateo, y por lo tanto el rojo Kaliayev tenía razón.
Hoy, a estas alturas del camino de la vida, la pregunta que hoy cabe es otra: ¿Quién está primero entre nuestras obligaciones en función del deber o del amor: Dios o el hombre? En el fondo, la historia de san Demetrio no quiere sino responder a otra pregunta: ¿es necesario amar a los hombres hasta olvidarse de Dios, o bien es necesario amar a Dios hasta olvidarse de los hombres?
Por demás está decir que los personajes de casi todas las obras de Camus optan siempre por lo primero (por ejemplo, el doctor Rieux, en La peste, era del mismo parecer que Kaliayev: también él decía que ayudaba a los hombres precisamente porque era ateo, pues —tales eran sus palabras— si creyera en Dios, «le dejaría a él ese trabajito»).
Hoy, desde nuestro punto de vista, la pregunta puede formularse de otra manera: ¿Por qué hay que optar por uno solo de estos dos amores? ¿Acaso el amor a Dios y el amor al prójimo son dos cosas distintas y separadas? «Si alguien dijera: ‘Amo a Dios’ y aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues quien no ama a su hermano, a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no ve? Este mandamiento tenemos de Él: que quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4,20-21).
Definitivamente: no se puede amar solamente a Dios, y el que pretenda hacerlo, olvidándose de sus hermanos, va a tener problemas con Él…
El hecho es que la tradición cristiana jamás se ha olvidado del pobre, ni del huérfano, ni de la viuda –prototipos éstos del desamparo absoluto- . He aquí tres textos breves que nos ayudan a limpiar la imagen que a veces tenemos de Dios.
El primero de ellos es del Maestro Eckhart (1260-1327), uno de los místicos más apreciados del catolicismo alemán, y muy admirado y citado por Juan Eudes:
«Si, estando en éxtasis como san Pablo, oyeras que un enfermo necesita una sopita (sic), yo considero preferible que renuncies al éxtasis y sirvas al necesitado con gran amor» (Tratados y sermones, Barcelona, Edhasa, 1983, p. 106).
El segundo pertenece a santa Teresa de Jesús (1515-1582), otra gran mística, y está tomado de Las moradas: 
«Cuando veo almas muy diligentes para entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella (que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento, porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido), ello me hace ver cuán poco entienden ésos el camino por donde se alcanza la unión. Y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, que no; obras quiere el Señor, y que, si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella» (Morada quinta).
El último texto es de san Vicente de Paul, contemporáneo de Juan Eudes (1581-1660), hombre caritativo de entre los más caritativos que han existido nunca, y dice así:
«Si fuera voluntad de Dios que tuvieran que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se llama dejar a Dios por Dios». 
Sí, cada vez lo creo más: Dios jamás habría faltado a la cita con Demetrio, jamás se habría ido… De ahí otra conclusión para la historia de San Demetrio que yo me he imaginado.
Cuando Demetrio vio que Dios no lo había esperado, entró casi en cólera, y comenzó a protestar:
Señor, no te entiendo… ¿Cómo es posible que no me hayas esperado un rato? Tú sabes bien que si no llegué a tiempo a tu cita fue porque me detuve a ayudar a aquel pobre carretero en el camino. El pobrecito no podía sacar, solo, su carreta del barranco. Y tú sabes también cuánto esfuerzo nos costó y el tiempo que gastamos... pero él la necesitaba con urgencia para su trabajo…
Entonces, Dios, con un sonrisa luminosa en su rostro, le respondió:
Demetrio, cálmate, no fue que yo no quise esperarte, sino que quise verte antes, y por eso salí a tu encuentro. El carretero era yo… Bendito seas por ayudarme…
Pensemos cuántas veces se nos adelantará a encontrarse con nosotros haciéndose pasar por uno de esos hermanos pobres, enfermos, ancianos, desesperados, molestos,  con  los que tropezamos en nuestro camino…
Y, pensando en Juan Eudes, siempre he creído que en aquellos pobres apestados, que todo el mundo rechazaba y olvidaba, a los que él atendió, con riesgo de su propia vida, estaba Cristo, sufriendo su pasión nuevamente… Es decir que en ellos Juan Eudes encontró a ese Dios que sele iría revelando como la fuente de la gran misericordia





jueves, 2 de junio de 2016

Los Lázaros de siempre frente a los Epulones de siempre


Los lázaros,
los hijos de la calle,
los parias de siempre,
los sin techo,
los sin trabajo,
los desarraigados,
los apátridas,
los sin papeles,
los mendigos,
los pelagatos,
los andrajosos,
los pobres de solemnidad,
los llenos de llagas,
los sin derechos,
los espaldas mojadas,
los estómagos vacíos,
los que no cuentan,
los marginados,
los fracasados,
los santos inocentes,
los dueños de nada,
los perdedores,
los que no tienen nombre,
los nadie...

Los lázaros,
que no son aunque sean,
que no leen sino deletrean,
que no hablan idiomas sino dialectos,
que no cantan sino que desentonan,
que no profesan religiones sino supersticiones,
que no tienen lírica sino tragedia,
que no acumulan capital sino deudas,
que no hacen arte sino artesanía,
que no practican cultura sino costumbrismo,
que no llegan a ser jugadores sino espectadores,
que no son reconocidos ciudadanos sino extranjeros,
que no llegan a protagonistas sino a figurantes,
que no pisan alfombras sino tierra,
que no logran créditos sino desahucios,
que no innovan sino que reciclan,
que no suben a yates sino a pateras,
que no son profesionales sino peones,
que no llegan a la universidad sino a la enseñanza elemental,
que no se sientan a la mesa sino en el suelo,
que no reciben medicinas sino lamidas de perros,
que no se quejan sino que se resignan,
que no tienen nombre sino número,
que no son seres humanos sino recursos humanos...

Los lázaros,
los que se avergüenzan y nos avergüenzan,
pueblan nuestra historia,
fueron tus predilectos
y están muy presentes en tu evangelio.

Los lázaros
pertenecen a nuestra familia
aunque no aparezcan en la fotografía,
y serán ellos quienes nos devuelvan la identidad
y la dignidad perdidas.




Florentino Ulibarri