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lunes, 5 de diciembre de 2016

Los tres corazones de Jesús

Los tres corazones de Jesús
La doctrina de Juan Eudes habla de tres corazones: el de carne, el espiritual y el divino. El corazón de carne es el corazón de su cuerpo y el  corazón espiritual es «la parte superior de su alma santa y también su vo­luntad humana»; el corazón divino es «el amor que desde toda eternidad tiene en el seno adorable de su Padre», o el amor de Jesús en cuanto Dios y en cuanto principio, con el Padre, del Espíritu Santo[1]. 
El papa Pío XII, en su encíclica, Haurietis aquas, tomando esta idea de Juan Eudes, hablaría de un triple amor. En este sentido se entiende la afirmación de Mons. Guillon: «Para Juan Eudes el corazon es el amor y la caridad. Pero en María y Jesús el amor es una realidad compleja». Se puede decir que la doctrina eudista del corazón describe un eje de interioridad que va de lo divino a lo carnal y de lo carnal a lo divino; de lo exterior del ser visible pasa al interior del ser humano para encontrar allí al Dios que es la trascendencia desde dentro de uno mismo, o «por dentro», como acertadamente escribe R. Hebert[2]. Se llega al Dios trascendente, pero en el interior, en el corazón.
Sin embargo, no consiste en esto lo peculiar de su hallazgo; lo fundamental en él es haber puesto de relieve que Dios no es un ser lejano e indiferente, que tiene corazón y que Dios nos ama con un corazón de hombre, el corazón mismo de Jesús, la se­gunda Persona de la Trinidad, y que, gracias a ello, el hombre puede responder a su amor con un corazón que es propio también de Dios, de acuerdo  a la palabra que Ezequiel pone en boca de Yahvé: «Yo les daré un corazón nuevo, pondré en Uds. un espíritu nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 36,26). 
Por eso, para Juan Eudes, el Corazón de Cristo es nuestro corazón. Cuando en sus escritos, refiriéndose a nuestro corazón, nos dice «Tu corazón», así con mayúsculas, se está refieriendo al Corazón de Cristo que por nuestra adherencia a Jesús, se ha convertido en nuestro propio corazón. Hemos llegado a la cima de la espiritualidad según Juan Eudes: a la santidad en el amor desde la perspectiva de Jesús.
Se entiende, entonces, por qué Juan Eudes se excede en expresiones de alegría cuando considera que esa experiencia y esa doctrina espiritual habían madurado suficientemente como para expresarse en aquella primera fiesta del Sagrado Corazón. Por otra parte, él no se consideraba un innovador; sabía que su doctrina engarzaba plenamente con las Escrituras y con la gran corriente expresada en la Tradición de la Igle­sia. Y es así. Si algún mérito hay en él, consiste en haber revalorizado otra vez uno  de los aspectos esenciales del viejo tesoro de la Iglesia.

Corazón y espiritualidad
La devoción  que tiene como centro el «Corazón único de Jesús y de María», expresión cimera de la espiritualidad eudiana, es casi una síntesis de toda ella pues presenta todos sus elementos principales. Podemos señalar, esquemáticamente, algunas de esas características, leídas desde la antropología moderna y de cara a la experiencia diaria del cristiano común.
Hay que empezar, no obstante, recordando que, como decía Santa Margarita María de Ala­coque, «El Corazón de Jesús es todo Je­sús». Lo que equivale a afirmar, con Juan Eudes, que «El Corazón de María es toda María y todo Jesús». En otras palabras, hablar del Corazón de Jesús o de María es hablar de su Persona entera pero -como decíamos- contemplada desde dentro, desde su máxima interioridad, desde su urdimbre afectiva: desde el Amor con que Dios ama esa Persona y con que ella ama a Dios y a los hombres.

Dios es Misericordia
Juan Eudes quería dar a conocer a Dios como máximo Amor, y quería mostrar que la misericordia de Dios para con el hombre tiene un peso de sudor y de sangre. De esa manera, la devoción al Corazón respondía a la sensibilidad de una época tan ávida de lo experimental y sensible como aquel siglo XVII. Por eso, la gente de entonces no solía hablar directamente de Dios, sino que prefería hablar de la persona divina de Cristo; al fin y al cabo, el Dios-Hijo sí se hace visible y audible en el hombre-Jesucristo. A Juan Eudes le resultaba mucho más fácil mostrar que Dios no es una idea abstracta, que Dios nos ama a cada uno de no­sotros, aún al más despreciable, con ardor de corazón. Ahí estaba para probarlo el mismo Cristo: su Corazón es el corazón humano que Dios se dio a sí mismo para poder revelar su amor de la manera más viva y pedagógica. El corazón que necesitaba Dios para experimentar las miserias de los misera­bles[3]. He aquí el contenido pleno del símbolo eudiano del corazón, y lo más característico de su proyecto espiritual: Dios es Amo­r-para-nosotros, un Dios que nos ama, un Dios con Corazón.
Tal es el «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» que Juan Eudes contempla a partir del conocimiento del Hijo: «¿Quién es esta misericordia? Es nuestro bondado­sísimo Salvador». Así lo recoge también en aquella hermosa oración: «Todo lo consideraste, Padre adorable y, sin embargo, no dejaste de enviarnos a tu Hijo amadísimo. ¿Quién te obligó a ello? El amor de tu corazón paternal hacia nosotros, tan incomprensible que podemos decir: Padre de las misericordias, parece como si tú nos amaras más que a tu Hijo y que a ti mismo, pues que es una sola cosa contigo. Hasta podemos decir que parece como si por amor a nosotros odiaras  a tu hijo y a ti mismo. Oh bondad incomprensible, oh amor admirable. Esto es algo del amor infinito del amable corazón del Padre eterno por nosotros»[4].
Para Juan Eudes, comenta Mons. C. Guillon, el Corazón de Cristo es «la prueba viviente de que Dios nos ama más allá de toda medida». Todo lo que brota de ese Corazón, palabras (la parábola del hijo pródigo), actitudes (su solicitud por todos los que sufren), actos (las curaciones, la multipli­cación de los panes), don total de sí mismo sobre la cruz, todo eso manifiesta que Dios es ternura y misericordia[5]. 
Insiste en que «nuestro benignísimo Redentor se encarnó para ejercer su gran misericordia para con nosotros... Habiéndose hecho hombre y habiendo tomado un cuerpo y un corazón capaz de sufrimiento como el nuestro, estaba lleno de una tal compasión de nuestras miserias y las ha llevado en su corazón con tanto dolor que no hay palabras que puedan expre­sarlo»[6]. En el misterio -y gran símbolo- de ese Corazón, revela, mani­fiesta, proclama y es, en latidos humanos, el Amor misericordioso de Dios a los hombres, la máxima expresión sacramental de su Ternura. 
Por eso, creer en Cristo y conocerlo de verdad es creer en ese infinito Amor de Dios y co­nocerlo realmente. Así, pudo confesar el evangelista Juan, hablando en primera persona  plural, y refiriéndose ex­presamente al Verbo Encarnado, Jesucristo: «Nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él» (I Jn 4,16). Pero a Je­sucristo sólo se le conoce verdaderamente cuando se ha entrado en comunión viva con su Corazón y, sobre todo, cuando se ha llegado a una íntima expe­riencia de ese misterio de amor.

El Corazón de Jesús y María, epifanía de la misericordia
Creer en el Amor misericordioso de Dios y, sobre todo, descubrirlo expe­riencialmente demostrado, simbolizado y expresado en el Corazón de Cristo y también -con un especial e inconfundible latido femenino y maternal- en el Corazón de María, es la mejor escuela para aprender a amar a Dios y a los hombres todos con el mismo Amor misericordioso de Dios, con la misma in­finita Ternura que él nos ha manifestado y demostrado. 
En El Corazón Admirable, Juan Eudes describe el Corazón de María como «una imagen viviente de la Misericordia divina»[7], intuición muy suya de que la misericordia de Dios tiene rostro humano, y no un rostro cualquiera, sino ese rostro hecho de ternura, delicadeza, perdón, comprensión, servicio, etc., que para nosotros expresa la persona de María, especialmente mediante el símbolo de su corazón femenino y maternal. 
Esta visión mariana de Juan Eudes se corresponde con muy recientes hallazgos de la teología y la espiritualidad cristianas. Juan Pablo II, hablando de María y precisamente de su Corazón, ha dicho: «María es la que de una manera singular y excepcio­nal ha experimentado, como nadie, la misericordia y, también de manera ex­cepcional, ha hecho posible con el sacrificio de su Corazón la propia partici­pación en la revelación de la misericordia divina... María es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina»[8]. Y el P. Severino M. Alonso comenta: «En María, Dios nos ama con amor maternal. María es como un "sacramento" -signo visible y eficaz- del Amor que Dios nos tiene. María es un don de Dios a los hombres, es Amor de Dios hacia nosotros»[9]. 
En resumen, acercarse al Corazón de Jesús y de María y entrar en su más profunda interioridad -en el misterio de ese Corazón- es tener una vigorosa experiencia del Amor misericordioso de Dios, que nos ama como Padre y como Madre, con amor de hombre y con amor de mujer. Pocas épocas tan necesitadas de esa experiencia como la nuestra.




[1] OC, VIII, 344-347.
[2] HEBERT R., Conf. cit.
[3]  Cf. Mons. DUBOST M., Homilía con motivo del Tricentenario de la muerte de san Juan Eudes, en la Iglesia de san Juan de Caen. También Los Eudistas en América del Norte, vol. XIII, Nº 1, 81.
[4] O.E., p. 579.
[5] GUILLON Cl., Conferencia  en el Congreso de religiosos(as) de Portugal. Fátima,  septiembre de 1981, 
[6] OC, VIII, 53.
[7] OC, VII, 7.
[8] DM, 9.
[9] S. Ma. ALONSO, El misterio de la vida cristiana, Salamanca, 1979, 2.

martes, 29 de noviembre de 2016

Del Corazón de la Madre al Corazón del Hijo

Del Corazón de la Madre...
En el pensamiento de Juan Eudes la devoción al Corazón del Hijo no puede separarse del Corazón de la Madre. Más aún, podemos afirmar que Juan Eudes llegó al Corazón de Cristo a través del Corazón de María. Histórica­mente, él centró su mirada espiritual primero en éste, y sólo en un segundo momento consideraría, de manera particular, el Corazón de Jesús. De la contemplación de Jesús «viviendo y reinando en María» -tal como lo expresa en Vida y Reino- fue pasando poco a poco a centrar su mirada en la Virgen Madre, hasta descubrir su Corazón; este descubrimiento se dio en 1643, cuando acababa de abandonar el Oratorio: al meditar sobre la vida cristiana en cuanto parti­cipación de la vida de Cristo, comprendió que nadie mejor que María había vivido esto a través de una identificación extraordinaria con su Hijo. Constataba así que lo que hay de más importante, de más profundo, de más personal en Ella, es su Corazón: el centro, según el lenguaje bíblico, de su ser y la sede de su amor. Que en ese corazón, primeramente, se habían situado el «llena eres de gracia» y el «hágase en mí según tu palabra»[1].
Posteriormente, al fijar su mirada en ese corazón, descubre que allí Jesús vive y reina perfectamente. Esta idea le parece tan bella y tan importante que se propone celebrar una fiesta al Corazón de María. De hecho, compone una misa y un Oficio sirviéndose de textos de la Escritura y de los Padres de la Iglesia, complementados con oraciones, antífonas e himnos, redactados por él mismo. 
El 8 de febrero de 1648, cuando predicaba una misión en Autun, obtiene del Obispo del lugar la autorización para celebrar esta misa (y probablemente también las Vísperas): es la primera celebración litúrgica del Corazón de María en la historia de la Iglesia. Continúa luego celebrando esa fiesta y publicando textos litúrgicos que se irán extendiendo a diversas diócesis de Francia donde fueron adoptados, aun sin conocer su paternidad. De hecho, es seguro que santa Margarita María, que ingresaba a la Visitación de Paray-le-Monial 24 años más tarde (1672), los había conocido, y alimentando en ellos su piedad, aunque ignorara quién fuera el promotor de la fiesta ya que el pequeño libro litúrgico utilizado no llevaba el nombre del autor.
Las oraciones compuestas por Juan Eudes, largas pero muy bellas[2], nos ofrecen una síntesis de su espiritualidad sobre el tema del corazón. «Señor, Dios nuestro -dice la de inicio-, Tú has querido que Tu Hijo único viva y reine en el corazón de la Virgen Madre». Éste es el primer tema de la fiesta: Cristo Jesús que vive y reina en el co­razón de la Virgen Madre. En la oración de acción de gracias encontramos una perspectiva más particular: «Has querido, Señor, que la Virgen guarde y medite en su corazón el admirable misterio de Tu Hijo Jesús», aludiendo a aquello del Evangelio: «María conservaba todos esos acontecimientos y los meditaba en su corazón». 
Amaba este texto y lo meditó ampliamente. Para él, esos "acontecimientos" son los misterios de Cristo: ve a María acogerlos, rumiarlos, vivir de ellos, participar de ellos; no sólo del nacimiento de Jesús, sino de todos los demás. Es, pues, un segundo tema que exige el primero: la presencia de los misterios de Jesús en María reclama la vida de Jesús en María. 
Un tercer tema se añade luego: la identificación de Jesús con María es tan grande que ambos no forman sino un solo corazón. Juan Eudes habla, entonces, con un lenguaje muy atrevido, «del Corazón de Jesús y María» o del «del Corazón único de Jesús y María». En ocasiones emplea otra expresión ligera­mente diferente: «Jesús es el Corazón de María»: Jesús está tan pre­sente en el Corazón de María que, finalmente, el Corazón de María es Jesús[3]. 
Como sabemos, la oración Salve Corazón santísimo y aquel Magnificat que él redactó con tanta pasión mística, se dirigen al «Corazón de Jesús y de María». Esta unificación tan absoluta no resulta, a primera vista, fácil de entender; a algunos podría hasta parecerles que roza lo herético. Pero es fundamental, incluso desde una perspectiva eclesiológica. 
Como anota Mons. Guillon, el «misterio de la unión del Corazón de Jesús y del Corazón de María» constituye el corazón de la Iglesia, porque «el Co­razón de Jesús y de María» es, en el fondo, la célula inicial de la Iglesia[4]. Jesús se comunica primero a María; y en esa comunión inicial entre Jesús y María hasta formar un solo Corazón está germinalmente presente la Iglesia; porque esa misma comunión deberá ser ampliada más y más, hasta que todos los hombres tengan también un solo corazón. Como lo expresaba Juan Eudes en la misma oración de apertura: «Concédenos cumplir Tu voluntad y no tener sino un solo corazón entre nosotros y con Ellos».
Por eso Juan Eudes nos invita a contemplar a Cristo que vive en el Corazón de la Vir­gen María y a pedirle luego que podamos entrar en esa misma comunión, hasta no tener sino un solo Corazón con Jesús y María, y entre nosotros. En otras palabras, la fuente y la modalidad de esta unidad-comunión, que moldea a la iglesia como raíz y como meta, es precisamente nuestra unión con los Corazones de Jesús y de María; perspectiva muy rica y hermosa del pensamiento eudiano que valdría la pena profundizar.
Poco antes de morir concluiría su obra póstuma, El Corazón Admirable de la Muy Santa Madre de Dios, que sería bellamente editada en 1681, después de su muerte. Había pretendido reunir en ella todo lo que había sido dicho y todo lo que pudiese decirse en alabanza del Corazón de María. Y efectivamente, tras un ímprobo esfuerzo, logró reunir muchos textos de los Padres de la Iglesia y de autores es­pirituales, integrándolos en una voluminosa obra que, aunque en su conjunto resulta bastante indigesta, ofrece páginas muy bellas y sugerentes.

...Al Corazón del Hijo
En 1668 se da cuenta de que es necesario atender en forma especial al Corazón de Jesús y compone a tal fin un oficio en su honor; el 27 de julio de 1672 lo envía a sus coherma­nos pidiéndoles celebrar, por primera vez, la fiesta del Corazón de Cristo. Ha ido pasando, así, del Corazón de María y el Corazón único de Jesús y María al Corazón de Jesús, como síntesis de una espiritualidad que podemos definir como del amor y la misericordia. 
Este descubrimiento del Corazón de Cristo, íntimamente unido al de María hasta no formar sino un sólo corazón, representa como la plenitud de toda la vida espiritual y apostólica de san Juan Eudes[5]. Toda su doctrina se sintetiza y unifica en torno a esta devoción, que anuncia con un himno de victoria a sus hijos: «Es una gracia inexplicable, que nuestro amabilísimo Salvador nos ha concedido, el habernos dado en nuestra congre­gación el Corazón admirable de su Santísima Madre; pero su bondad sin lími­tes no se detuvo allí, ha ido mucho más lejos al darnos su propio corazón para  que sea, junto con el de su gloriosa Madre, el fundador, el superior, el prin­cipio y el fin, el corazón y la vida de esta misma congregación»[6].
Como decíamos, para él el Corazón es, manifiestamente, lo más profundo, lo más íntimo, lo más personal de Cristo, el centro de su personalidad. Hacia allí orienta su mirada, y descubre el Amor. El Amor en todas sus dimensiones: «El Corazón de Jesús es el corazón humano que Dios se dio para revelar su amor de la manera más viva. Es el corazón que necesitaba para llevar las miserias de los miserables»[7]. Este Corazón se presenta como una lograda síntesis entre lo espiritual y lo humano, como un compendio de toda la espiritualidad, como el símbolo de la interio­ridad entrelazada, que dice el P. R. Hebert[8]. 
De esa manera, la doctrina espiritual que Juan Eudes venía predicando desde los tiempos iniciales de Vida y Reino, basada en una pausada reelabo­ración de la doctrina paulina sobre el Cuerpo Místico, se ilumina ahora con un fulgor renovado, se embellece, profundiza y enriquece, poniendo de relieve a la vez, explica Mons. Guillon, «la interioridad de las personas y la comunión entre ellas, y hace estallar el poder del amor que, viniendo del Padre y manifestado en el Corazón de Jesús, inflama el Corazón de María antes de penetrar en los corazones de todos los hombres y de transformar el universo entero»[9]. 
Aspecto también especialmente interesante, rico y sugerente de nuestro patrimonio espiritual. ¿Acaso no se corresponde con una de las grandes utopías antropológicas de hoy: la reconciliación y la unificación del mundo, en la perspectiva de alcanzar una amplia comunidad solidaria, fraternal, democrática, igualitaria, justa y humana?....



[1] Dos siglos más tarde, otro apasionado de los Corazones de Jesús y de María, san Antonio María Claret, diría en forma lapidaria: «El Corazón de María es su Amor»  (Carta a un devoto del Corazón de María, Epistolario Claretiano, 1,1459, lin. 64); y comenta en otra parte: «su Corazón es el centro de su Amor a Dios y a los hombres»  (Ejercicios espirituales que practica la Cofradía del Corazón de María, Barcelona, L.R., 1863, p. 34).

[2] Posteriormente han sido reducidas a petición de Roma.

[3] Cf. para este tema, Cl. Guillon, Conf. cit.

[4] Elegantemente había dicho Bossuet: «La Iglesia  es Jesús extendido y comunicado». Cf.GUILLON, CL, Coferencia en el Congreso de religiosos(as) de Portugal, Fátima, sept. de 1981.

[5] Cf. C. GUILLON, Esprit et vie, Nº 6 (1973), p. 82.

[6] Cf. Carta del 29 de julio de 1672 a las comunidades eudistas para invitarlas a celebrar por vez primera la fiesta del Corazón de Jesús, O.C., tomo X, p.459.'

[7]  Les Eudistes en Amerique du Nord, vol. XIII, Nº 1, 81.

[8] HEBERT R., Conferencia, en Caracas....

[9] GUILLON, CL, Coferencia en el Congreso de religiosos(as) de Portugal...

lunes, 7 de noviembre de 2016

La devoción de las devociones según Juan Eudes


«La práctica de las prácticas, el secreto de los secretos, la devoción de las devociones, es no estar apegado a ninguna práctica o ejercicio particular de devoción, sino tener un gran cuidado, en todos tus ejercicios y acciones, de entregarte al Espíritu de Jesús, y de hacerlo con humildad, confianza y desprendimiento de todo, a fin de que él tenga pleno poder y libertad de acción en ti según sus deseos (…) y pueda conducirte por el camino que a él le plazca».


San Juan Eudes, O.C. I, 452.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Juan Eudes, un misionero crítico pero con esperanza

A este mundo y dentro de este mundo, caótico e inhumano, los cristianos predicamos -con razón- la grandeza del hombre y su dignidad. Pero no somos escuchados, quizás porque no luci­mos convencidos del todo y se nota fácilmente que también nosotros experimentamos en carne propia la enorme debilidad humana. De ahí que nuestro discurso no siempre parezca creíble. El de San Juan Eudes luce mucho más digno de crédito, incluso hoy, ya que, como pensador que era de la debilidad humana, no partía de unas perfecciones teóricas sino de esa realidad palpable de barro y miseria.
Por eso sus escritos desbordan de meditaciones so­bre la humildad y cada día hace decir a los que asumen su proyecto espiritual una es­pecie de profesión que comienza por sus clásicas palabras: «Señor Jesucristo, nada somos, nada podemos, nada valemos, excepto pecado». En su época, tales palabras atacaban de frente el or­gullo naciente de los científicos y la teología de los jansenistas. Pero en la sociedad postmoderna actual, fuera de algu­nos biólogos y teólogos, ese orgullo ha desaparecido y estas palabras, aun­que suenen pesimistas y duras, no hacen más que radiografiar la dolorosa realidad cotidiana. 
En realidad, Juan Eudes no tuvo nada de pesimista; simplemente fue un hombre muy de su época pero que desde ahí oteaba el futuro y terminó adelantándose a su tiempo. El hombre actual sabe bien que no puede gran cosa si está solo. Decirle que Dios es más grande que él, recordarle que para acogerlo hay que ponerse de rodillas, no es prueba de pesimismo, de debilidad o de co­bardía... Es pura y simple evidencia. No le compete al hombre auto elevarse; le compete a Dios hacerlo, a ese Dios que ha querido, para aproximarse al hombre y hacerlo su amigo, rebajarse hasta el extremo de renun­ciar a ser Dios, como osadamente afirma san Pablo (Flp 2,7), y así lo ha hecho su hijo, llamándolo a la vida total y definitiva. 
Ante semejante derrame divino de gracia, al hombre sólo le compete responderle con un adecuado comportamiento de hijo agradecido. Entonces, la misma confesión de su radical impo­tencia entraña un apasionado grito de libertad.
Es desde esta doble perspectiva desde donde debemos interpretar expresiones de Juan Eudes tan chocantes como las seña­ladas en anaterior entrada de este blog, pero que se entienden bien en la perspectiva antropológica moderna. Por otro lado se entienden también afirmaciones tajantes como aquella: «sólo Dios es capaz... de llenar y satisfacer la capacidad inmensa de nuestra alma»[1]. Porque la ver­dad es que el hombre se sabe y se siente barro, pero irrenunciablemente pugna por recuperar su imagen y semejanza divina. Otro problema será cómo puede lograrlo.



[1] OC II, 152-153.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Jesús el hombre del amor infinito

El N.T. nos muestra a Jesús como  el que existía sólo para y por los demás, el Padre y los hombres. Hechos 10,38 sintetiza su ministerio en una sola frase: «el que pasó haciendo el bien»; y todo el N.T., en sintonía con la gran tradición profética del A.T., nos explica cómo fue ese «pasar haciendo el bien». 
La carta a los Hebreos, por su parte, muestra a Jesús, de manera sistemática, como el hombre fiel a Dios y a los hombres, cercano y solidario con ellos en la misericordia, que «no se avergüenza de llamarlos herma­nos» (Heb 2,12). Juan Eudes comenta a tal respecto: «todos los instantes de su vida, los empleó por nosotros: sus pensamientos, palabras y ac­ciones, y los pasos que dio estuvieron todos consagrados a nuestra sal­vación...».
Y esta conducta no fue sólo expresión de un alma noble, sino una verdadera reve­la­ción; de ese modo se reveló, definitivamente, el verdadero nombre y rostro de Dios, como el «Abbá», o sea, un Padre de bondad, ternura y misericordia. El es el «Padre santo» (Jn 17,11) y el «Padre justo» (Jn 17,26). 
Como «Padre santo» rompe las estrecheces de la crea­ción, quiebra todos nuestros mol­des y habita en los cielos; como «Padre justo» es el Dios que se compadece de nuestra pequeñez y planta su tienda entre nosotros, el Dios que nos ofrece su Reino. Ambas expresiones -abbá y la cercanía del Reino de Dios-  vie­nen a significar, en la enseñanza de Jesús, lo mismo: que Dios es amor ab­soluto, gra­tuito e incondicional; es decir, que ama sin exigir condiciones previas para que su amor pueda darse, porque es puro don; y que El es siempre quien ama pri­mero, sin que las actuaciones concretas de los hombres puedan alterar su amor (cf. Mt 5,46-47 y Lc 6,33).
Por eso los evangelios se hacen «buena noticia»: comienzan diciéndonos que Je­sús es el «Dios con nosotros» y luego nos muestran su existencia enteramente dedi­cada a insertar la bondad de Dios en la historia y condición humana; incluso para explicitar el  mis­terio de Cristo -su cruz y resurrección- se ven forzados a narrar lo con­creto de su vida, su «ser como nosotros», presentándolo como un auténtico evan­gelio del Padre de las misericordias. 
En pocas palabras, el anuncio de Jesús sobre el Padre resume de modo muy personal la totali­dad de su evangelio. Y lo que él nos revela, con sus obras y palabras, es que el Padre tiene corazón: a exponerlo explicarlo estu­vie­ron encaminadas las pa­rábolas de la misericordia, las bienaventuranzas, y muchos otros signos. De ahí surgió la acendrada devoción de Juan Eudes al Corazón de Cristo.

martes, 23 de agosto de 2016

SAN JUAN EUDES Y EL SACERDOCIO DE CRISTO

Adoremos a Jesús en su cruz, como soberano sacerdote que se inmola a sí mismo, y como hostia santa que es inmolada para la gloria de su Padre y para nuestra salvación.
Démosle gracias por haberse sacrificado a sí mismo, y por habernos comunicado estas dos cualidades de sacerdote y de hostia.
Pidámosle perdón por todas las faltas que hemos cometido en las funciones del sacerdocio.
Démonos a Él y supliquémosle que nos dé el Espíritu de su divino sacerdocio; que nos haga dignos de ser otras tantas víctimas que sean sacrificadas con Él a la gloria de su Padre, y que nos consuma en las sagradas llamas de su santo Amor.
(San Juan Eudes, O.C. III, 293)

EL SACERDOTE ASOCIADO A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Los contemplo como los asociados del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Ustedes, sacerdotes, son la parte más noble del cuerpo místico del Hijo de Dios. Son los ojos, la boca, la lengua y el corazón de su Iglesia, más aún, del mismo Jesús.
Son sus ojos: mediante ustedes el Buen Pastor vela continua- mente sobre su rebaño; por ustedes lo ilumina y lo conduce, por ustedes llora sobre las ovejas que se hallan entre las garras del lobo infernal.
El Padre eterno los asocia con él en su más alta ocupación, que es la generación inefable de su Hijo, a quien hace nacer desde toda eternidad en su seno paterno, y en su más excelente cualidad que es su divina paternidad. Porque los hace, en cierta manera, padres de su Hijo al darles el poder de formarlo y hacerlo nacer en las almas cristianas y al hacerlos padres de sus miembros que son los fieles. Así ustedes llevan la imagen de su divina paternidad.
El Hijo de Dios los asocia con Él en sus más nobles perfecciones y ocupaciones. Porque los hace partícipes de su cualidad de mediador entre Dios y los hombres; de su dignidad de juez soberano del universo; de su nombre y oficio de salvador del mundo y de muchos otros títulos suyos. Y les da el poder de ofrecer con Él, a su Padre, el mismo sacrificio que ofreció en la cruz y que ofrece cada día sobre nuestros altares, que es su acción más santa y excelsa.
El Espíritu Santo los asocia con Él en su acción más grande y admirable. Porque él ha venido al mundo para disipar las tinieblas de la ignorancia y del pecado que cubrían la tierra, para iluminar los espíritus con la luz celestial, para encender los co- razones en el fuego sagrado del amor divino, para reconciliar a los pecadores con Dios, para borrar el pecado, comunicar la gracia, santificar las almas, fundar la Iglesia, aplicarle los frutos de la pasión y muerte de su Redentor y, en fin, para destruir en nosotros nuestra antigua condición pecadora y dar forma y nacimiento a Jesucristo.
Pues bien, todo esto es su ocupación ordinaria como sacerdotes, porque han sido enviados por Dios para formar a su Hijo Jesús en los corazones humanos. Tienen, pues, una alianza maravillosa con las tres divinas personas: son los asociados de la santa Trinidad; son los cooperadores del Dios todopoderoso en sus obras más excelentes.
(San Juan Eudes, Memorial de la vida eclesiástica 1: O.C. III, 14-16.)
Oración final
Dios, Gloria de nuestros sacerdotes, Tú nos has dado a tu Hijo como Soberano Sacerdote y Pastor vigilante de nuestras almas; Tú le has agregado, para sacrificar una hostia pura, los santos sacerdotes.
Por la oración de la Bienaventurada María siempre virgen y de los santos Sacerdotes, dígnate reanimar en tu Iglesia el espíritu de gracia que fue el tuyo. Llenos de este espíritu, procuraremos amar lo que ellos amaron y obrar como nos lo enseñaron por la palabra y por el ejemplo. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

(San Juan Eudes, O.C. XI, 514)

domingo, 21 de agosto de 2016

JUAN EUDES, Testigo y Maestro de la Misericordia de Dios

SAN JUAN EUDES

1601-1680

Fiesta: 19 de agosto


Proclamado por la Iglesia como "Padre, Doctor y Apóstol del culto litúrgico a los Sagrados Corazones",
Efectivamente, fue el primero en organizar y celebrar las fiestas litúrgicas del Corazón de Jesús y del Corazón Inmaculado de María. La del Corazón de Jesús el 20 de octubre, y la del Corazón de María el 8 de Febrero. Aunque en el calendario litúrgico actual se celebran en otra fecha, sus hijos e hijas las siguen celebrando en las fechas originales.
Fue el primero también en escribir la liturgia de las horas de cada una de estas fiestas.
Nació en la diócesis de Séez (Francia) el año 1601; recibió la ordenación sacerdotal y se dedicó por varios años a la predicación en las parroquias. Fundó dos Congregaciones religiosas, una, los PP. Eudistas, destinada a la formación de los sacerdotes y la otra, la Orden de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio y del Buen Pastor, al cuidado de las mujeres cuya vida cristiana estaba en peligro. Fomentó en gran manera la devoción a los Corazones de Jesús y de María. Murió el año 1680.
Enseñaba que el Corazón de Jesús es la máxima expresión del amor de Dios por el hombre, un horno de Amor Divino. Los que desean unirse a su corazón son purificados, inflamados, y transformados por el Fuego Divino.
En la segunda mitad del siglo XVI, vivía en Ri, Normandía (Francia), un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta Corbin. Como no tenían hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron un hijo, al que siguieron otros cinco.
El mayor recibió el nombre de Juan y, desde niño, dio muestras de gran inclinación al amor de Dios. Se cuenta que, cuando tenía nueve años, un compañero de juegos le abofeteó; y, en vez de responder en la misma forma como era lo habitual, Juan siguió el consejo evangélico y le presentó la otra mejilla.
A los catorce años, ingresó en el colegio de los jesuitas de Caen. Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia. Pero Juan, que había hecho voto de virginidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales. 
Sin embargo, poco después determinó ingresar en la congregación del oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el superior general en 1623. 
Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar: su conducta en la congregación no lo fue menos, de suerte que el P. Bérulle le dio permiso de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores. Al cabo de un año en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del P. Carlos de Condren, el cual, según la expresión de Santa Juana Francisca de Chantal, "estaba hecho para educar ángeles". El fin de la congregación del oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal y Juan Eudes tuvo la suerte de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y Bérulle.
Dos años más tarde, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: "La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida". 
El P. Eudes pasó dos meses en la asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue enviado al oratorio de Caen, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo, donde recibía la comida del convento, viviendo en un tonel.
Así empezó su misión el que sería el gran testigo y maestro de la misericordia en un siglo en el que el evangelio no era muy escuchado.
Volveremos a hablar sobre él en próximas entregas porque su testimonio de vida y sus enseñanzas sobre la misericordia pueden cumplir una misión fundamental en esta época nuestra, tan llena de egoísmos y materialismos desenfrenados.