lunes, 7 de noviembre de 2016

HACIA UNA IGLESIA MISIONERA

Nos parece compartir este documento de La Asamblea Diocesana de Valencia (España): propuestas para «una Iglesia samaritana», que pudieran ser imitadas por otras comunidades:
La Asamblea Diocesana de Valencia acaba de aprobar el Proyecto Diocesano de Pastoral Evangelizadora, que incluye un total de 233 acciones que tendrán que poner en práctica arciprestazgos, sacerdotes y fieles laicos. La primera de ellas será la realización de un estudio sociológico sobre la Misa dominical
La archidiócesis de Valencia ha dado la última semana un paso importante en su nuevo Proyecto Diocesano de Pastoral Evangelizadora tras la celebración el sábado 15 de octubre de la Asamblea Diocesana que presidió el cardenal arzobispo, Antonio Cañizares, en la catedral. Allí se aprobaron una serie de acciones que llevarán a cabo parroquias, arciprestazgos, sacerdotes y fieles con el objetivo de construir en Valencia «una Iglesia samaritana donde se sienta el servicio de la acción de la caridad como la propia acción de la Iglesia».
La caridad es uno de los pilares sobre los que se asienta el nuevo proyecto diocesano. «Sin duda, es la hora de trabajar en una nueva imaginación de la caridad, para que nuestra acción evangelizadora resulte más creíble para nuestros contemporáneos, aunque esto no nos hace olvidar ámbitos más cotidianos en los que la Iglesia de Valencia ha ejercido su servicio a los demás», recoge el documento aprobado, tal y como ha dado a conocer AVAN. El proyecto entrará en vigor el próximo mes de noviembre, una vez lo ratifique el cardenal arzobispo.
Entre las propuestas aprobadas destaca la realización de un estudio sociológico en toda la diócesis sobre la celebración de la Eucaristía dominical, a la que seguirá una reflexión por parte de los equipos sacerdotales y de los consejos pastorales. Al mismo tiempo, se quiere potenciar la participación en la Misa dominical y, para ello, considera necesario que «se prepare un equipo de personas para la acogida en todas las celebraciones», que tienen que ser preparadas «con esmero». Se trata de procurar, recoge el proyecto, «celebraciones de la Eucaristía más vivas, comprometidas y participativas, alejadas de todo individualismo y facilitadoras de comunión entre todos, para que en ellas nadie se sienta excluido».
(Pregunto yo: ¿no podríamos hacer algo parecida organizando por lo menos una misa vespertina abierta a toda la vecindad con la correspondieste y previea información; vía redes, vía blogs, vía afiches?)
Además de recalcar la importancia de fomentar una pastoral sacramental de evangelización más que de conservación, apela a los sacerdotes para que pasen más tiempo en los confesionarios; se pide que haya un lugar para la confesión «decente y reconocible por todos»; y que tengan «un horario claro y fijo, para que los fieles puedan acercarse ordinariamente, sin tener que ir ellos mismos en busca de un confesor».
Otra de las ideas es fomentar que las parroquias visiten monasterios y comunidades religiosas de distinto carisma y que estas visitas sean algo establecido en la catequesis de Confirmación y para los grupos de jóvenes. Del mismo modo, reclaman a los consagrados a que compartan su testimonio ante la comunidad parroquial y que las propias comunidades estén representadas en el consejo pastoral.
Al margen de estas medidas, el proyecto incluye acciones en el ámbito de la pastoral familiar, la pastoral de la salud o la religiosidad popular, así como en los horarios de apertura de los templos.

En este sentido, el cardenal Antonio Cañizares hizo una exhortación para que entre todos «edifiquemos una diócesis muy cercana, acogedora, próxima a todos, una diócesis misionera». Una tarea en la que la cultura tiene mucho que decir, pues «una fe que no se hace cultura es una fe no suficientemente pensada ni vivida». «A esto quiere contribuir este proyecto pastoral, máxime cuando Valencia es una de las diócesis más marcadas por la cultura y más empeñada en la creación y transmisión de cultura […]. Espero que cuando el proyecto se haya promulgado y puesto en práctica sepamos renovarnos con una acción pastoral misionera, emprendedora, sólida y audaz en nuestra sociedad. No podemos dejar pasar este momento. Es la hora del renacimiento moral y espiritual, y de comunicarlo, un servicio inaplazable», añadió el purpurado, que cumplió 71 años el día de la asamblea, y fue felicitado por todos con la entonación del Cumpleaños feliz.

SON IDEAS PROFUNDAS Y LLENAS DE EVANGELIO QUE, EN CUANTO EUDISTAS QUE SOMOS, PUDIERAN Y DEBIERAN ORIENTAR NUESTRA PASTORAL DE MISIONEROS DE LA MISERICORDIA.

La devoción de las devociones según Juan Eudes


«La práctica de las prácticas, el secreto de los secretos, la devoción de las devociones, es no estar apegado a ninguna práctica o ejercicio particular de devoción, sino tener un gran cuidado, en todos tus ejercicios y acciones, de entregarte al Espíritu de Jesús, y de hacerlo con humildad, confianza y desprendimiento de todo, a fin de que él tenga pleno poder y libertad de acción en ti según sus deseos (…) y pueda conducirte por el camino que a él le plazca».


San Juan Eudes, O.C. I, 452.

¿Qué es el hombre? Barro y Gracia

Importa, desde la perspectiva eudiana, replantearnos la cuestión fundamental: ¿qué es el hombre? Porque ello nos permitirá captar mejor ciertas intuiciones relevantes de su espiritualidad.
Y es que, como insiste con razón Karl Jaspers, «la imagen del hombre que tenemos por verdadera se convierte ella misma en un factor de nuestra vida que decide sobre nuestro modo de comportarnos con nosotros mismos y con los demás, sobre nuestras opciones y nuestros ideales». 
Así, desde siempre el hombre se ha esforzado por iluminar su propio enigma. Los más remotos documentos religiosos y filosóficos giran ya en torno a aquella famosa frase que, según Linneo, caracteriza al homo sapiens: «conócete a ti mismo».
¿Implica esto que el enorme progreso de nuestro tiempo ha descifrado ya el código «hombre»?... Podemos responder con la constatación humilde de Bertold Bre­cht: «Hace tiempo que nadie sabe ya qué es el hombre». Y es que el hombre sigue siendo una incógnita para sí mismo: quizás sepa lo que no es, pero dista mucho de descubrir lo que sí es; como dijera Martín Heidegger, «ningún tiempo ha conocido tanto y tan variado sobre el hombre, como el actual (...). Pero a ningún tiempo le ha parecido el hombre tan enigmático, como al nuestro». 
Para demostrarlo están las enormes distancias que existen entre las diversas ideologías en boga, cada una con su propia concepción y paradigma de hombre.
Es esto lo que descubre el hombre cuando se pregunta a sí mismo por su identidad más profunda: se percata de que es, simultáneamente, barro y cielo, luz y oscuridad, pecado y gracia, como lo sibraya con insistencia san Juan Eudes. Que las fronteras entre el mal y el bien no están fuera de él sino dentro.
Agustín de Hipona se preguntaba: «¿quién eres tú?»; y respondía con esueta seguridad: «un hombre»[1]. Pero ante la muerte de un amigo querido que era para él la mitad de su alma y a quien había amado «como si no hubiera de morir», se siente cuestionado de la forma más radical y confiesa: «Me convertí en un enigma para mí mismo y preguntaba a mi alma: ¿por qué estás triste?, ¿por qué te conturbas? Pero no teníamos respuesta»[2].
Eco de este cuestionamiento es, sin duda, la página de Pascal en la que, junto a su radical interpelación, aparece una de las más hermosas definiciones del ser humano: «¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué su­jeto de contradicciones, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra; depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y excre­cencia del universo. ¿Quién desenredará este embrollo?... Conoced, pues, soberbios, qué paradoja sois para vosotros mismos. Humillaos, razón impotente; callaos, natura­leza imbécil, aprended que el hombre supera infinitamente al hombre y escuchad de vuestro maestro vuestra condición verdadera que vosotros ignoráis. Escuchad a Dios»[3]
A esta misma realidad alude el salmo 8, cuando la contemplación de la naturaleza en toda su belleza le hace surgir la pregunta por el hombre y la orienta hacia Dios como su única respuesta: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estre­llas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que te ocupes de él? Lo has hecho poco menos que un dios...».
El hecho mismo de que se formule la pregunta «¿quién soy yo hombre», el cues­tionamiento que expresa, patentiza para el hombre, como núcleo desde el que cons­truye su propia originalidad, una desproporción interior, una distancia en relación consigo mismo que se formula en los símbolos, las imágenes y los conceptos más variados. El hombre es frágil como el barro, es perecedero como flor del campo, pero es alguien de quien Dios se acuerda, de quien Dios se ocupa, dice el salmista, porque lo ama. Y porque lo ama, lo ha creado para la vida plena, definitiva: ”Nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos”. 
Ese hombre, surgido así de las entrañas creadoras de Dios, es realismo y utopía, afirmación que se impone y problematicidad radical, cuerpo y alma, interioridad y exterioridad, objetividad y subjetividad. «Síntesis (activa) de infinitud y finitud, de tiempo y eternidad, de libertad y necesidad»[3]. Ese hombre, como resume admirablemente Pascal, «supera infinitamente al hombre».
Esta desproporción interior habita todas las facultades del hombre y todas sus accio­nes; por eso es conciencia que atraviesa todo su ser; es voluntad que origina los múl­tiples quereres; es deseo originario de ser y de felicidad que se exterioriza y desgrana en los múltiples deseos; de allí que san Juan de la Cruz recomiende: «Niega tus de­seos y encontrarás lo que de verdad desea tu corazón»[4].
Creatura de Dios 
Por eso, el cristianismo sí cree saber quién y qué es el hombre y contesta al inte­rrogante Biblia en mano: el hombre es criatura de Dios y comparte su dignidad, ha sido hecho a su imagen y semejanza (Gén 1,26-27); ello significa  no sólo que se pa­rece a Dios sino que tiene algo de «radicalmente divino», según la expresión ya ci­tada de Boss­hard[5]. 
Ante esta impresionante realidad Juan Eudes exclama: «cuando Dios creó al hombre, en los comienzos del mundo, no se contentó con sacarlo del abismo de la nada, con hacerlo partícipe de su ser y de su vida, con darle un espíritu y una volun­tad capaces de conocerlo y amarlo, ni con otorgarle autoridad y poder de rey sobre todas las cosas de la tierra, sino que, por un exceso de su amor, quiso ha­cerlo a su imagen y semejanza... ¡Cuánta gloria entraña para el hombre ser la imagen de Dios,  llevar sobre sí el retrato, la forma y los caracteres del rostro de Dios...!»[6]
Ciertamente hay aquí una gloria y dignidad increíble pero también una responsa­bi­lidad insoslayable, nos subrayará Juan Eudes; el hombre debe ser consciente de que su vida es limitada pero orientada hacia un fin: el amor, un amor al estilo de ese mismo Dios cuya imagen es: un amor de entrega y misericordia; y, obviamente, que debe actuar en este mundo, como Dios, al estilo de Dios, o sea responsablemente y en el amor. 
Así, según la an­tropología bí­blica, la condición de imagen de Dios será siempre el gran atributo de todo «hombre sin atributos», para emplear un famoso título de Robert von Musil. Esa es su verdadera elevación: haber sido creado a ima­gen y semejanza de Dios y haber sido llamado gratuitamente a participar de la misma vida divina. 
La realidad de este don inefable existió desde el prin­cipio y no se pierde por el pe­cado. Y puesto que somos «imagen y semejanza de Dios», lo más constitutivo nues­tro, lo que mejor define nuestra esencia más profunda, es lo mismo que de­fine la rea­lidad de Dios (misericordia pre-existente), aunque con frecuencia esa esencia aparezca en nosotros ahogada, asfixiada, enmascarada, o enredada en mil formas mentirosas de realizar la libertad. 
Por tanto, en ser imagen de Dios está la verdad última del hombre, su innegable vocación. San Basilio decía: «el hombre es una criatura que ha recibido la orden de llegar a ser como Dios». Y san Ireneo de Lyon exclama sorprendido: «¡Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios!». 
«¡Oh gran Dios -concluye Juan Eudes, por su parte, deslumbrado ante semejante misterio - tú has querido que tu Hijo se hiciera hombre para que el hombre sea Dios! ¡Oh bondad incomprensible, oh amor inenarrable!»[7].


 4.2. ¿Qué es el hombre?
Importa, entonces, replantearnos la cuestión fundamental: ¿qué es el hombre? Porque, como insiste con razón Karl Jaspers, «la imagen del hombre que tenemos por verdadera se convierte ella misma en un factor de nuestra vida que decide sobre nuestro modo de comportarnos con nosotros mismos y con los demás, sobre nuestras opciones y nuestros ideales». Desde siempre el hombre se ha esforzado por iluminar su propio enigma. Los más remotos documentos religiosos y filosóficos giran ya en torno a aquella famosa frase que, según Linneo, caracteriza al homo sapiens: «conócete a ti mismo».
¿Significa esto que el enorme progreso de nuestro tiempo ha descifrado ya el có­digo «hombre»?... Podemos responder con la constatación humilde de Bertold Bre­cht: «Hace tiempo que nadie sabe ya qué es el hombre». Y es que el hombre sigue siendo una incógnita para sí mismo: quizás sepa lo que no es, pero dista mucho de descubrir lo que sí es; como dijera Martín Heidegger, «ningún tiempo ha conocido tanto y tan variado sobre el hombre, como el actual (...). Pero a ningún tiempo le ha parecido el hombre tan enigmático, como al nuestro». Para demostrarlo están las enormes distancias que existen entre las diversas ideologías en boga, cada una con su propia concepción y paradigma de hombre.

Enigma, quimera y paradoja
Es esto lo que descubre el hombre cuando se pregunta a sí mismo por su identidad más profunda: se percata de que es, simultáneamente, barro y cielo, luz y oscuridad, pecado y gracia. Que las fronteras entre el mal y el bien no están fuera de él sino dentro. Agustín de Hipona se preguntaba: «¿quién eres tú?»; y respondía con entera seguridad: «un hombre»[5]. Pero ante la muerte de un amigo querido que era para él la mitad de su alma y a quien había amado «como si no hubiera de morir», se siente cuestionado de la forma más radical y confiesa: «Me convertí en un enigma para mí mismo y preguntaba a mi alma: ¿por qué estás triste?, ¿por qué te conturbas? Pero no teníamos respuesta»[6].
Eco de este cuestionamiento es, sin duda, la página de Pascal en la que, junto a la radical interpelación, aparece una de las más hermosas definiciones del ser humano: «¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué su­jeto de contradicciones, qué prodigio! Juez de todas las cosas, imbécil gusano de la tierra; depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y excre­cencia del universo. ¿Quién desenredará este embrollo?... Conoced, pues, soberbios, qué paradoja sois para vosotros mismos. Humillaos, razón impotente; callaos, natura­leza imbécil, aprended que el hombre supera infinitamente al hombre y escuchad de vuestro maestro vuestra condición verdadera que vosotros ignoráis. Escuchad a Dios»[7].
A esta misma realidad alude el salmo 8, cuando la contemplación de la naturaleza en toda su belleza hace surgir la pregunta por el hombre y la orienta hacia Dios como su única respuesta: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estre­llas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que te ocupes de él? Lo has hecho poco menos que un dios...».
El hecho mismo de que se formule la pregunta «¿quién soy yo hombre», el cues­tionamiento que expresa, patentiza para el hombre, como núcleo desde el que cons­truye su propia originalidad, una desproporción interior, una distancia en relación consigo mismo que se formula en los símbolos, las imágenes y los conceptos más variados. El hombre es frágil como el barro, es perecedero como flor del campo, pero es alguien de quien Dios se acuerda, de quien Dios se ocupa, dice el salmista. El hombre es realismo y utopía, afirmación que se impone y problematicidad radical, cuerpo y alma, interioridad y exterioridad, objetividad y subjetividad. «Síntesis (activa) de infinitud y finitud, de tiempo y eternidad, de libertad y necesidad»[8]. El hombre, como resume admirablemente Pascal, «supera infinitamente al hombre». Esta desproporción interior habita todas las facultades del hombre y todas sus accio­nes; por eso es conciencia que atraviesa todo su ser; es voluntad que origina los múl­tiples quereres; es deseo originario de ser y de felicidad que se exterioriza y desgrana en los múltiples deseos; de allí que san Juan de la Cruz recomiende: «Niega tus de­seos y encontrarás lo que de verdad desea tu corazón»[9].
Quedaría para definir qué debe hacer el hombre para que esa espectacular vocación no termine frustrada,

[1] SAN JUAN EUDES, O.E., El Minuto de Dios, Bogotá,  1990, 2a. ed., p. 174,
[2]  A modo de ejemplo: hay que hilar muy fino, teológicamente hablando, para precisar las dife­rencias entre aquel «sin la ayuda de la gracia, el libre albedrío sólo sirve para pecar», de Bayo, y el «Nadie tiene de sí más que pecado y mentira» del concilio de Orange. La diferen­cia entre ambas afirmaciones parece tan tenue que resulta difícil, por decir lo menos, deter­minar hacia qué lado debería caer el sentido de frases como ésta de Juan Eudes: «como hijos de Adán nacemos incapaces de todo bien» (O.E., p. 168). ¿Deberíamos deducir que aquí el agustinismo de Juan Eudes lo hizo bordear a veces el campo de la herejía?.... Encuentro espe­cialmente útil para aclarar este problema el artículo de E. SCHILLEBEECKX, «La infalibili­dad del magisterio», en Concilium 83 (1973), pp. 399-423.
[3] B. HENRY-LEVY, La barbarie con rostro humano, Caracas 1978, 73, 105, 119.
[4] OC II, 152-153.
[5] San Agustín, Confesiones, 10,6.
[6] Ib., 4,4.
[7] Pascal, Pensamientos, 433.
[8] Kierkegaard, La enfermedad mortal, 47.
[9] San Juan de la Cruz, Dichos de luz, 15.



sábado, 5 de noviembre de 2016

Juan Eudes, un misionero crítico pero con esperanza

A este mundo y dentro de este mundo, caótico e inhumano, los cristianos predicamos -con razón- la grandeza del hombre y su dignidad. Pero no somos escuchados, quizás porque no luci­mos convencidos del todo y se nota fácilmente que también nosotros experimentamos en carne propia la enorme debilidad humana. De ahí que nuestro discurso no siempre parezca creíble. El de San Juan Eudes luce mucho más digno de crédito, incluso hoy, ya que, como pensador que era de la debilidad humana, no partía de unas perfecciones teóricas sino de esa realidad palpable de barro y miseria.
Por eso sus escritos desbordan de meditaciones so­bre la humildad y cada día hace decir a los que asumen su proyecto espiritual una es­pecie de profesión que comienza por sus clásicas palabras: «Señor Jesucristo, nada somos, nada podemos, nada valemos, excepto pecado». En su época, tales palabras atacaban de frente el or­gullo naciente de los científicos y la teología de los jansenistas. Pero en la sociedad postmoderna actual, fuera de algu­nos biólogos y teólogos, ese orgullo ha desaparecido y estas palabras, aun­que suenen pesimistas y duras, no hacen más que radiografiar la dolorosa realidad cotidiana. 
En realidad, Juan Eudes no tuvo nada de pesimista; simplemente fue un hombre muy de su época pero que desde ahí oteaba el futuro y terminó adelantándose a su tiempo. El hombre actual sabe bien que no puede gran cosa si está solo. Decirle que Dios es más grande que él, recordarle que para acogerlo hay que ponerse de rodillas, no es prueba de pesimismo, de debilidad o de co­bardía... Es pura y simple evidencia. No le compete al hombre auto elevarse; le compete a Dios hacerlo, a ese Dios que ha querido, para aproximarse al hombre y hacerlo su amigo, rebajarse hasta el extremo de renun­ciar a ser Dios, como osadamente afirma san Pablo (Flp 2,7), y así lo ha hecho su hijo, llamándolo a la vida total y definitiva. 
Ante semejante derrame divino de gracia, al hombre sólo le compete responderle con un adecuado comportamiento de hijo agradecido. Entonces, la misma confesión de su radical impo­tencia entraña un apasionado grito de libertad.
Es desde esta doble perspectiva desde donde debemos interpretar expresiones de Juan Eudes tan chocantes como las seña­ladas en anaterior entrada de este blog, pero que se entienden bien en la perspectiva antropológica moderna. Por otro lado se entienden también afirmaciones tajantes como aquella: «sólo Dios es capaz... de llenar y satisfacer la capacidad inmensa de nuestra alma»[1]. Porque la ver­dad es que el hombre se sabe y se siente barro, pero irrenunciablemente pugna por recuperar su imagen y semejanza divina. Otro problema será cómo puede lograrlo.



[1] OC II, 152-153.

Ser cristiano es vivir dispuesto a ayudar incondicionalmente a quien lo necesite

No creo que nadie, hoy menos que nunca, pueda considerarse gente amorosa y cristiana si no cuida del pobre y del necesitado, quienquiera que sea y donde quiera que esté. Se trata de una responsabilidad subrayada por Cristo que debemos tomar más en serio… Mucho más en este año especial de la misericordia que ya casi estamos concluyendo.
Recordemos aquel crucial pasaje de I Corintios 13.3: “Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso”. 
Se trata de un contundente recordatorio sobre el temaÑ dar de nuestras posesiones y vidas al pobre y necesitado siempre nos beneficia. Pero solo nos beneficia si lo hacemos con amor. 
Puede que sientas que estás haciendo “bien” al dar o compartir algo con los pobres. Es bueno hacerlo... pero  “¿bueno para qué? ... “bueno para quién?”.
Echa un vistazo a tu vida:
¿Cómo ayudas cuando ayudas?
¿Te das a ti mism@ por una causa? ¿O lo haces simplemente porque debes?
¿Hay amor en tu corazón? ¿Es un amor respetuoso, atento y tierno o un poco despectivo?
¿Te importan aquellos a quienes dices servir? ¿Tan siquiera los ves cuando están frente a ti?
Por ejemplo... ¿notas a la cajera en el supermercado o al que te vende el periódico?
¿Notas a la persona que, en el  lugar de trabajo, lo hace al lado de la tuya?
¿Ves y atiendes a los demás durante el día o simplemente están en tu camino, en tu camino hacia hacer algo “bueno”?...
Si quieres que tu vida y tus acciones sean de beneficio para ti y para otros, asegúrate de tener verdadero amor.
Camina despacio hoy. Mira a las personas en los ojos. Nota sus gozos y tristezas. Compártelos. Atiéndelos. Ámalos. No te limites a “hacer el bien”. El dar con amor será de beneficio para todos, incluso para ti.
Dios es amor. Sin Dios no hay amor. Y sin amor no hay Dios.
Entonces la pregunta podría extenderse un poco más: ¿qué implica para mí creer en ese Dios y amar como ama ese Dios?

viernes, 4 de noviembre de 2016

Amor de Dios, amor trinitario


Como lo dice bien el teólogo Von Balthasar, el Dios de la revelación, el único Dios que existe, no es un ser impersonal, neutro o solitario. Es un ser-familia, un ser-comunión, un Dios-Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu, unidos en el amor. Su misterio no es la soledad, sino la compañía, el intercambio mutuo, la presencia recíproca, la donación total en conoci­miento y agapé. Y aquí entroncamos de nuevo con lo más original del pensamiento espiritual de san Juan Eudes: cuando por el bautismo nos insertamos en Cristo, estamos profesando nuestra fe en ese acontecer de la Gracia que justifica al hombre y que tiene un origen trinitario.
Porque la fe bautismal es una fe trinitaria. El “Credo” cristiano proclama la historia de la donación del Amor, en referencia a la manifestación de la Trinidad, que es el modo como Dios se da al hombre. Más que una síntesis de verdades teológicas el credo cristiano es la na­rración de cómo se entregó al hombre el Amor del Padre, a través del nacimiento, muerte y resurrección del Hijo Jesús, y en la fuerza del Espíritu Santo; amor que se da a la Iglesia y se interioriza en los creyentes como perdón de los pecados y como vida nueva comenzada: una nueva creación, explica san Juan Eudes.

Esto es lo que el pueblo de Dios cree explícitamente y, de alguna manera, conoce: que el abismo de misericordia del Padre se ha puesto de manifiesto en Jesús, el Hijo, quien ha dado su propio Espíritu y Vida a los que creen en él. Por eso al pueblo de Dios no se le pide que explicite su fe en la Trinidad en sí misma, sino en el Amor del Pa­dre, en la gracia de Jesús, el Hijo, y en la comunión del Espíritu Santo, tal como ese único Dios se nos ha dado. Pero, por supuesto, al hacerlo cree ya, implícitamente, en la Trinidad tal como es en sí misma.

martes, 1 de noviembre de 2016

Miseria y Grandeza del hombre en la espiritualidad eudista


Una de las características más llamativas de la espiritualidad de san Juan Eudes ha sido su concepto de la nada del hombre. Pero no hay que ir muy lejos para justificar y expli­car una concepción tan negativa a los ojos actuales; bastaría con contemplar la compleja circunstancia de aquel siglo XVII que, a pesar de su declarado opti­mismo humanista, subrayaba también las más duras e implacables aristas de la condición humana.
Se andaba entonces muy lejos ya de aquel maravilloso re-descubrimiento del mundo antiguo y de sus gracias, que había caracteri­zado al primer Renacimiento. Europa, herida, golpeada y traumatizada, apenas si acababa de salir de la Guerra de los cien años y de las salvajes con­tiendas religiosas en las que, bajo el manto de la fe, se habían manifestado las dimensiones menos comprensibles del hombre.
Era la época en que Callot publicaba aquella serie de impresionantes grabados intitulados «Las mise­rias de la guerra». Época también en la que, desde América, seguían lle­gando noticias de los crímenes que los conquistadores franceses, ingleses, españoles y por­tu­gueses cometían contra los indígenas. Por ello, no es de sorprender el profundo pesimismo que impregnaba el pensamiento de la época, tanto de los pen­sadores como del pueblo: ese hombre que, en principio, se veía tan capaz in­cluso de las mayores vir­tudes, en la práctica se mostraba muy alejado del ideal y de los principios.
La teología y la espiritualidad no escapaban a este común sentir, porque las ejecutorias del hombre no daban pie para una antropología teológica demasiado optimista: una cosa era la teoría y otra los hechos. De allí que fueran tomando fuerza, de nuevo, las posiciones más radicales de Agustín de Hipona, expresadas por corrientes de opinión tan poderosas como el jansenismo. Hasta Bérulle afirmaba que se debe con­siderar siempre el ser humano como fallo e imperfecto: con sus crímenes e infideli­dad. Adán -sostenían- nos ha privado a todos de la gracia; nacemos manchados con una marca de ignominia y como «hijos de la ira», vivimos condenados a la muerte y morimos me­rece­dores de condenación eterna.
Es comprensible, entonces, que Juan Eudes, siguiendo con fidelidad las enseñanzas de su padre espiritual, Bérulle, tuviera y expresara tan clara conciencia de la debilidad humana; su tono se vuelve despiadado y sus expresiones, aceradas, cuando toca este tema. En Vida y Reino, por ejemplo, al refe­rirse al pecado original se le acumulan tan duros epítetos que cortan el aliento: por ser hijos de Adán hemos «hipotecado» nues­tra naturaleza al diablo y al mal, hemos nacido enemigos de Dios, somos objetos de la abomi­nación del cielo y de la tierra, incapaces de hacer ningún bien y de evitar ningún mal por nosotros mismos; «porque el poder que Adán ha dejado en la natura­leza del hombre es sólo impotencia y creer que tenemos ese poder es mera ilusión y falsa opinión de nosotros mismos»[1]
Pero, ¿cómo entender que alguien tan lleno siempre de misericordia, tan sensible a la dolorosa condición humana, expresara tan escasa confianza en la naturaleza del hombre? La razón es clara: también él había palpado, personalmente, una realidad que favorecía muy poco los altos concep­tos sobre la virtud humana; su vida misionera lo había puesto en contacto permanente con todo tipo de miseria, rodeado como andaba casi siempre más por pecadores a los que había que devolver al buen camino, que por hombres buenos y virtuosos, al estilo de los que pudiera bosquejar un estudio teórico de las capaci­dades del hombre para ser santo. Parecía que, en la práctica, la natura­leza humana era to­talmente incapaz de producir el menor acto positivo. 
Esta experien­cia hacía que Juan Eudes coincidiera -aunque sólo en este aspecto- con el deliberado agustinismo de los jansenistas. Por eso, no puede uno leer sin sentirse incómodo cier­tas tajantes expresiones suyas que se mantienen sobre un peligroso filo de navaja en­tre las afirmaciones de Bayo y Jansenio, condenadas por la Iglesia, y las declara­cio­nes más ortodoxas del concilio de Orange[2]
Sin embargo, si se profundiza más en la antropología del P. Eudes se descubre que esas expresiones, despojadas de adherencias que son mera cuestión de estilo, y aquilatadas en su alcance semántico, resultan sor­prendentemente actuales. Hoy nos sobran prueban psicológicas y éticas de que somos materia mezclada: luz y sombra, divinidad y barro, impulsos de vida y compulsiones de muerte, libres como Dios pero inevitablemente condicionados por factores diversos. Por eso, fundamentar desde la sim­ple razón la dignidad del hombre sigue siendo un tema difícil: hay demasiada dis­tan­cia entre el hombre ideal y el hombre real que recorre nuestras calles y habita nues­tras casas. ¿Cómo podemos demostrar que la persona humana y su dignidad tie­nen un valor absoluto cuando la experiencia cotidiana nos muestra únicamente hombres limitados y dependientes? ¿Cómo defender aquella capacidad natural del hombre para ser bueno, de que nos hablaba Rousseau entre otros, y que se convirtió en ban­dera de combate de la modernidad, cuando lo que vemos a diario es la violen­cia, la muerte, la crueldad, el odio? ¿Cómo hablar de un hombre naturalmente vir­tuoso ante el hedor y el humo de las chimeneas de los campos de concentración, ante la estúpida crueldad de Bosnia, Somalía, Chechenia o Irak, ante los asesinatos de niños en el Brasil o los genocidios permanentes en América Latina, ante los fanatismos de re­nacientes nacionalismos, ante la insensatez de nuestro proceder antiecológico, para sólo citar algunos ejemplos? 
La pregunta, decía Heidegger, es la piedad del pensamiento. Y Metz transforma así la frase: «La pregunta a Dios es la piedad de la teología». Cualquiera que, en tiempos recientes, haya contemplado las imágenes que nos llegan de diversos países dan la razón a Metz. Parece que los humanos disponemos hoy de recursos suficientes para superar cualquier récord de barbarie alcanzado en el pasado. En este sentido, no es Dios quien necesita justificación. Preguntas como "¿dónde estaba Dios en Irak?" debe completarse con esta otra: "¿dónde estaba el ser humano en Irak?".
En síntesis, ni nuestro mundo es el mejor de los posibles como quería Leibniz, ni el hombre es ese natural dechado de virtudes que preconizaba Rousseau. Semejante opti­mismo metafísico choca abruptamente con una experiencia que tiende a generar, más bien, ese pesimismo radical que ha llegado hasta nuestros días de la mano de Nietsz­che, Sartre, los «nuevos filósofos», Cioran y el pensamiento débil de los postmoder­nos.
Quizás, en el horizonte de un humanismo inmanente, sea ne­cesario renunciar a fundamentar racionalmente la dignidad humana y debamos contentarnos con presu­ponerla. Aunque sí cabe demostrar y reflexionar sobre las consecuencias que tiene para el individuo y para la sociedad aceptar ese presupuesto o renunciar a él... Los proble­mas personales relacionados con esta dificultad están, según pa­rece, en auge perma­nente. El hombre actual es víctima de la angustia. Los gran­des sistemas de ideas de­saparecen. Y aunque existen muchos modos de comunicarse, la incomunicación y la soledad son quizás los sentimientos más difundidos entre la gente; el futuro atenaza la imaginación y la muerte obsesiona los espíritus; el suicidio también. Hoy mucha gente se considera menos que nada, vive irreconciliada consigo misma, con la auto­estima en su mínima expresión. De ahí el auge impresionante de las enfermedades características de nuestro siglo: la depresión y el estrés. No sorprende que la novela y los grandes medios masivos reflejen una especie de estado de desesperación colec­tiva y de angustia existencial.
Y es que, efectivamente, cuando la pregunta sobre el porqué del mal desemboca en el callejón sin salida de lo no-explicado, es difícil sustraerse a la impresión de que lo no-explicado es en realidad inexplicable. Pero lo inexplicable conduce, a su vez, a la desoladora constatación de la ausencia de sentido y, por ende, a una lectura trágica de lo real, que renuncia, no ya a justificar a Dios como pretendía Leibniz, sino a encontrar alguna razón válida para «este mundo finito de tormento infinito». Y ahí termina, por ahora, la pesquisa filosófica en torno a la miseria humana y al problema del mal: «el mundo es un desastre cuya cima es el hombre... y el soberano bien es inaccesible... Somos los cautivos de un círculo sin salida, donde todos los caminos conducen al mismo infalible abismo»[3].
Sin embargo, la espiritualidad de san Juan Eudes no se quedó sumergida en ese pantano de pecados y crímenes humanos. Fue capaz de transcenderlo desde su conciencia clara de nuestra condición divina. Porque si lo contagiaba ciertamente el pesimismo de su época, se trató siempre de un pesimismo nutrido de una firme y arraigada  esperanza, a partir de su convicción cimera de que Dios es ternura y misericordia, como iremos en entregas próximas de este mismo blog.



[1] SAN JUAN EUDES, O.E., El Minuto de Dios, Bogotá,  1990, 2a. ed., p. 174,
[2]  A modo de ejemplo: hay que hilar muy fino, teológicamente hablando, para precisar las dife­rencias entre aquel «sin la ayuda de la gracia, el libre albedrío sólo sirve para pecar», de Bayo, y el «Nadie tiene de sí más que pecado y mentira» del concilio de Orange. La diferen­cia entre ambas afirmaciones parece tan tenue que resulta difícil, por decir lo menos, deter­minar hacia qué lado debería caer el sentido de frases como ésta de Juan Eudes: «como hijos de Adán nacemos incapaces de todo bien» (O.E., p. 168). ¿Deberíamos deducir que aquí el agustinismo de Juan Eudes lo hizo bordear a veces el campo de la herejía?.... Encuentro espe­cialmente útil para aclarar este problema el artículo de E. SCHILLEBEECKX, «La infalibili­dad del magisterio», en Concilium 83 (1973), pp. 399-423.
[3] B. HENRY-LEVY, La barbarie con rostro humano, Caracas 1978, 73, 105, 119.