viernes, 4 de marzo de 2016

PEREGRINACION DEL CORAZON ( Presentación)

La Unidad de Espiritualidad Eudista de la Provincia El Minuto de Dios ha preparado un programa de reflexión y oración que han llamado Peregrinación del Corazón, basado sustancialmente en la espiritualidad eudista. Compartimos aquí la carta de presentación del P. Alvaro Duarte, responsable del programa.


Bogotá, enero 21 de 2016

Apreciados hermanos y hermanas de la Familia Eudista, para todos paz y bendición.

El Señor nos ha dado gratuitamente la gracia de una espiritualidad estructurada y aplicable en la práctica. La fortaleza y la riqueza de esta espiritualidad radica, de manera muy especial, en el hecho de que está fundamentada, ante todo, en la Sagrada Escritura, lo que le da validez más allá de una determinada época. Por otra parte, está igualmente enriquecida con el aporte de padres de la Iglesia así como de teólogos, además de las valiosas experiencias místicas de varios santos.

Se trata igualmente de una espiritualidad que no se limita a la parte doctrinal o teórica, que es valiosa y fuerte, sino que tiene una dinámica propia que la hace práctica y ofrece la posibilidad de ser trasladada a los diversos escenarios de la vida diaria.

Siguiendo las indicaciones de nuestro Pontífice, el Papa Francisco, queremos aprovechar el año jubilar de la Misericordia para organizar la santificación de este tiempo con base tanto en textos bíblicos, privilegiando de manera especial el Evangelio de san Lucas, correspondiente al ciclo “C”, así como textos de los escritos de San Juan Eudes, así como testimonios de personajes destacados de la Gran Familia Eudista.

Damos comienzo a ese año a partir del mes de febrero y de tal modo que finalice en tiempo de la próxima asamblea general, en la que se hará la votación para la elección del padre General de la Congregación de Jesús y María.

Los subsidios consisten en un primer documento con el plan general y otros tres documentos anexos que corresponden respectivamente a los textos bíblicos, a los textos de espiritualidad eudista y a los testimonios, mes por mes.

Con la esperanza de que sea de provecho tanto individual como comunitario presentamos esta propuesta,

P. Alvaro Duarte
Responsable de la Unidad de Espiritualidad Eudista

Nota del blog:

En sucesivas entregas d iremos compartiendo los documentos de apoyo de este programa, pues se trata de una iniciativa que se merece todo nuestro interés.




jueves, 3 de marzo de 2016

En Cristo se ha manifestado la misericordia absoluta de Dios Padre

El tema central de todo el N.T., muy especialmente de todas las obras de Juan, consiste en afirmar que el Dios amor se ha hecho visible en Jesús, el Hijo de Dios que asume nuestra carne: «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único» (1 Jn 4,9; cf. Jn 3,16). Porque su misericordia esencial no le permite a Dios darse jamás por vencido: su proyecto, al que se mantiene fiel, es hacer un hombre feliz, pleno, realizado; por eso a la miseria del hombre respondió con el misterio de la Encarnación. Cristo es la gran respuesta de Dios al hombre: «el abismo de mis miserias ha atraído el abismo de su misericordia», canta sorprendido Juan Eudes en su Magníficat.
Por consiguiente, la frase «Dios es Amor» más que una definición es la narra­ción de esta manifestación visible e histórica del Amor divino al mundo. En esto consiste de verdad el amor de Dios: en la Encarnación y en la Pascua de Jesús. Aquello que se hizo visible en la historia, que incluso se pudo pal­par, fue la presencia substancial del Amor infinito e inenarrable de Dios, su Palabra definitiva. Recordemos que la revelación no pretende decirnos tanto lo que Dios es en sí mismo, en su íntima naturaleza, cuanto lo que él es para nosotros. Tal es el sentido de la Biblia, que no es un libro de teología, sino la historia de un amor: el de Dios a nosotros. Dios se nos manifiesta como Amor en la persona de Jesucristo, en su vida, en su palabra y en su muerte: Jesús es la epifanía suprema y decisiva del amor que Dios es y del amor que Dios nos tiene. Jesús es el Amor de Dios hecho visible. La Encarnación es la revelación máxima y la prueba más convincente del Amor de Dios (Jn 3,16).
Pero ese amor es, como sabemos, agapé, misericordia, o sea, un amor gratuito, personal y entrañable (cf. Ex 34,6; Os 11,8; 2 Cor 1,3; Lc 6,30). Cristo fue la revelación de la Misericordia que es Dios: en Cristo y por Cristo se hace particularmente visible Dios en su misericordia... Cristo confiere un significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la miseri­cordia divina. No sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábo­las, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. Él mismo es, en cierto sentido, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él, Dios se le hace concretamente "visible" como Padre rico en misericordias. Más aún, hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es, en la conciencia de Cristo mismo, la prueba fundamental de su misión de Mesías.
Por eso con E Jun­gel podemos afirmar que el «Dios es amor» no es un puro enunciado ló­gico ni siquiera metafísico, sino la constatación histórica de que Dios se revela del todo en su Hijo que muere en la cruz. Y, al revelarse, se esconde en el silencio, para dejarse encontrar por quienes lo buscan y contemplan en el amor. De manera equivalente: la imagen viva y substancial de Dios es ese hombre, Jesús, entregado hasta el extremo de morir crucificado, con quien el Padre se identifica. Y según el Espíritu, todos los pobres y humilla­dos de la tierra, aparecen ya configurados por la imagen de ese hombre. Porque en la cruz se oyó el gran grito, la gran Palabra, de un Dios que por amor se entregaba al hombre. En esa Palabra resonó el Amor y se hizo elocuente su misericordia. En esa Palabra se nos comunicó la promesa, como una buena noticia generadora de esperanza: que la vida del Espíritu Santo es más fuerte que el pecado y que la muerte. Y en esa Palabra, la eterna dialéctica muerte-vida se resolvió para siempre a favor de la vida.
La En­carnación y la Pascua nos narran cómo Dios nos ha dado su Palabra amante que hace brotar la vida más alta: la del Espíritu. La hace brotar hasta de la entraña misma del dolor y de la muerte. Por eso, la historia del Amor (Rosmini) no se escribe desde el punto de vista de los vencedores sino del de los que dan vida y son expoliados como Jesús. El lenguaje simbólico de la encarnación y de la pascua de Dios es un lenguaje que une el pasado de Je­sús con el futuro del hombre, con la nueva creación en el Espíritu: no sólo narra el ayer del Crucificado sino que se hace profecía y símbolo del mañana que esperamos: tal como lo simboliza la liturgia bautismal, es lenguaje de recuerdo y de esperanza.
Por eso el Evangelio es una noticia de amor, una «buena noticia»; y no está hecho a la medida del hombre, sino a la medida de Dios. Je­sús puede exigir amar hasta la locura, porque él recorrió el primero -y el único- ese camino hasta el final. Podemos captar toda la inmensidad del amor contemplando el amor del Padre revelado en Jesús. El es el hombre tal como lo soñó siempre Dios, po­bre, colmado de gracia, y glorificado porque llegó al colmo del amor: «La misericordia ha querido que el Hijo del hombre se haya hecho hombre por nosotros..., que haya muerto sobre una cruz..., para hacernos hijos de Dios», nos recuerda Juan Eudes.
Y es que el Amor de Dios es el amor de ese hombre llamado Cristo Jesús, que dio su vida por sus amigos y que aparece, por tanto, como la imagen del Dios invisible, como su icono y su «Evangelio»: el Dios Amor se ha manifestado plenamente en el amor de Cristo. Esta verdad, tan querida, en su centralidad liberadora, para autores protes­tantes recientes, de la talla de J. Moltmann, W. Pannenberg, y E. Jungel,  ya había sido la espina dorsal del pensamiento de s anJuan Eudes, convencido de que si Dios se muestra así es por­que Dios es así.
Juan Eudes supo ver que en la cruz no sólo se nos manifestó la misericordia de Dios para con los hombres, sino que, simplemente, ahí, en la Cruz, se manifestó Dios en sí mismo, tal como es, como amor pleno, identificado con el hombre humilde y humillado hasta una muerte ignominiosa. Ese punto -la Cruz de Cristo- es precisamente el punto de intersección donde se revela el Amor de Dios en sí mismo y para nosotros.

Este lenguaje enseña definitivamente que Dios existe amando. Que Dios no es un ser neutral, sino el mismo Ser Amor, que siempre se da y siempre retorna a los suyos, que son todos los hombres. Ahí, en esta intersección del ser y del amor, o sea, en la acción expansiva de quien se deja afectar por el otro, se inscribe la Cruz de Cristo para recordarnos que el ser verdadero es el amor y que el Ser mismo de Dios  es el Amor más grande. Ese lenguaje nos re­cuerda a todos los hombres que la existencia y la permanencia de Dios es, en realidad, su retorno y su autodonación. 
Dios regresa siempre, como la madre, a donde están sus hijos: por eso lo hallamos en la vida, en la historia, en el lenguaje, en ese espejo de adivinar que es el amor fraterno, y en ese ámbito de reunión y de comunión que son los sacramentos. Y cada vez que la comunidad hunde sus raíces en el Amor que la trasciende, cuando Dios retorna en los mil repliegues del lenguaje de la predicación -narrativo, im­perativo, simbólico, orante y comunional- se produce un fenómeno especí­fico: en todos los rincones del mundo prende y brota la fe en los hombres que han escuchado la Palabra gene­rosamente sembrada y gratuitamente diseminada.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Jesús es el Hombre-Corazón, el Hombre perfecto


El cristianismo, sin que pueda reducirse a un simple humanismo, es y realiza una verdadera humanización, cuando se vive en au­tenticidad. Más aún, de hecho es la mejor y más cabal realización de lo ver­daderamente humano. Porque es una real configuración con Jesucristo, que es el Hombre perfecto. 

Jesús es el Hombre cabal, utopía ejemplar para toda la humanidad, en quien todo hombre ha sido pensado y creado por el Padre. Por eso, en la medida en que alguien se va pareciendo más a Cristo -en sus actitudes, en su mentalidad, en su entrega a Dios y a los hombres por amor-,  en esa misma medida se va haciendo más humano, más hombre. O como dijo el Vaticano II: «El que sigue a Cristo, Hom­bre perfecto, él mismo se hace más hombre». '

Por su parte, la Comisión Teológica Internacional ha podido afirmar: «La verdadera hu­manización del hombre alcanza su culmen en la gratuita divinización... En Jesucristo, Dios y Hombre, se encuentra la plenitud escatológica del hom­bre»( GS 41). Y añade en seguida: «La deificación, entendida correctamente, hace al hombre perfectamente humano. La deificación es la verdadera y última humanización del hombre».

Todas las páginas del Evangelio son un grito que proclama la humanidad y el humanismo de Jesús. Y nada revela tanto y tan expresivamente ese huma­nismo y esa humanidad como su Corazón. Por eso, hablar del Corazón de Je­sús -y, análogamente, del Corazón de María- y vivir una espiritualidad cen­trada en este misterio, como nos enseña san Juan Eudes, es afirmar y promover un humanismo realista, supe­rando definitivamente todo peligro de «docetismo», de jansenismo o de an­gelismo desencarnado, esas deformaciones del evangelio que tan funestas consecuencias de deshumanización han tenido para la vida cristiana. 

Podemos incluso afirmar que vivir en intimidad y en comunión con Jesús y con María, en el misterio de su Corazón, es la mejor escuela del humanismo integral. En síntesis, la espiritualidad del Corazón nos dice que Cristo, el modelo de hombre perfecto, es mucho más que un hombre con corazón: es un hombre-corazón; por eso, nosotros sus discípulos no podemos menos que ser los hombres del Corazón.

Y esto aunque, en  los múltiples “Gólgotas”  del hombre siga predominando el silencio de Dios. Quizás por eso, precisamente. El evangelio no oculta las dificultades y peligros de esta situación: algunos servidores del amo ausente comenzaron a comportarse de manera inicua (Mt 24,48); otros escondieron los talentos y se despreocuparon de hacerlos rendir (Mt 25,25); algunas de las muchachas perdieron la tensión de la espera y dejaron apagar sus lámparas (Mt 25,3) otros pretextaron que el Señor no se había dejado ver claramente, que no había «avisado» que el llanto y los gritos que habían oído eran los suyos (Mt 25,37); los discípulos, queriendo retener en la transfiguración una forma de presencia gratificante (Lc 9,33), o ensimismados después de la ascensión, merecerán un velado reproche por quedarse plantados mirando al cielo (Hch 1,11).

Pienso que, sin excluir la promoción integral, la liberación personal, el compromiso por la justicia, la solidaridad, etc., el ministerio de la presencia, el «estar con el otro», que incluye todos los aspectos, es, hoy por hoy, quizás el único posible y lo único, al mismo tiempo, que puede devolver la confianza, la paz y su vocación plena al ser humano.



Aquí Juan Eudes tiene una palabra contundente qué decir. Y a quienes seguimos su enseñanza nos corresponde la tarea de promover esa humanización  real en complejo mundo de nuestros días, promoviendo y viviendo una espiritualidad del corazón que atienda a esos valores cuya ausencia están destruyendo al hombre, a la sociedad y al mundo.

"La causa de los pobres, causa de Dios". Entrevista a J.I. González Faus (videoconferencia)

Este cuaderno es una antología de textos que demuestran hasta que punto la preocupación por la injusticia social y económica ha estado presente en el pensamiento de la Iglesia desde los primeros Padres hasta el Papa Francisco. Preocupación que llevó a un cristiano del s. XII a hablar de los pobres como “vicarios de Cristo”, o lo que es lo mismo a considerar la causa de los pobres como causa de
de Dios.

  

NUESTRO AMOR A LOS POBRES Y PEQUEÑOS, SEGÚN JUAN EUDES


Hablando de los medios de salvación nos pide san Juan Eudes «amar tiernamente a los pobres teniendo en cuenta lo que Jesús hizo por ellos», y cita la afirmación fundamental de Mt 25,40: «Lo que hagan por ellos lo hacen por mí».

En esa línea, vale la pena recordar también el episodio contado en Marcos 10, 2-16 parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.
Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.
Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños y los pobres los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.
Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.
La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.
El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes, poderosas y riccas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.
El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños, pobres, enfermos, marginados. Donde estos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.

Y esta enseñanza fue central en las obras y enseñanzas de Juan Eudes, tan marcado siempre por la opción misericordia. Además de episodios bien conocidos de su vida, como su atención  a los apestados, numerosas son las notas que al respecto se conservan en su obras. Porque para él amar a Jesucristo implica «continuar en la tierra su vida» (OC II, 171).




Señora de la esperanza, Pedro Casaldáliga


Señora de la Esperanza,
porque diste a la luz la Vida. 
Señora de la Esperanza,
porque viviste la Muerte.
Señora de la Esperanza, 
porque creíste en la Pascua, 
porque palpaste la Pascua, 
porque comiste la Pascua, 
porque moriste en la Pascua, 
porque eres Pascua en la Pascua.

Pedro Casaldáliga

martes, 1 de marzo de 2016

Hoy quiero hablar de tu Corazón que es pura misericordia

Quiero hablar de un amor infinito
que se vuelve niño, 
frágil amor de hombre humillado,
quiero hablar de un amor apasionado
que con dolor carga nuestros pecados,
que  siendo rey se vuelve esclavo,
fuego de amor poderoso,
salvador, humilde, fiel, silencioso.
 Amor que abre sus brazos de acogida
al pequeño y al pobre
y al pecador arrepentido.


Quiero hablar de un corazón que es camino hacia la vida,
corazón paciente, amor ardiente.
Quiero hablar de aquel que
vence la muerte y asegura la Vida.
Quiero hablar de un amor generoso,
que hace y entrega amor a todos,
buscándonos siempre,
esperando sin cansancio 
la respuesta al encuentro.

Quiero hablar de un amor diferente,
misterioso, inclaudicable, 
amor que vence en la cruz,
quiero hablar del corazón de Jesús,
al estilo de Juan Eudes. 
Quiero hablar hoy  de Jesús,
corazón paciente, amor ardiente,
compasivo,
quiero hablar de aquel que vence la muerte
y siembra la vida
de aquel que es todo corazón,

de aquel que es absoluta e infinita misericordia.