domingo, 10 de abril de 2016

El Dios de Jesús y el Dios de Pablo (J.M. Castillo, teólogo)

Según es el Dios en el que cada cual cree, así es la vida que cada cual lleva. El que tiene su fe puesta en el dinero, pongamos por caso, será sin duda un individuo cuya vida estará regida por la codicia. Y lo más probable es que semejante sujeto termine siendo un corrupto o un ladrón. Un tipo así, aunque diga que es ateo, en realidad no lo es. Porque Dios es la realidad última que da sentido a nuestra vida. Una realidad a la que sus “creyentes” están dispuestos a servir. Por esto, sin duda, el Evangelio dice que el contrincante de Dios es el dinero: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24; Lc 16, 13)), el “mamón” personificado como un poder que está siempre en conflicto con lo que Dios exige y la honradez demanda (H. Balz).
Esto supuesto, si hablamos de Dios, tal y como todo el mundo entiende la palabra “Dios”, es importante saber que, en los orígenes del cristianismo, esta palabra no siempre tuvo el mismo significado. Concretamente, no es lo mismo el Dios que se nos revela en Jesús, que el Dios del que nos habla Pablo de Tarso. Lo que lleva en sí consecuencias de enorme importancia, como después indicaré.
En cuanto al Dios de Pablo, la experiencia que Pablo vivió, en el camino de Damasco, no fue una “conversión” (“metánoia”), en el sentido propio de esa palabra. Ante todo, porque Pablo no se aplica a sí mismo el vocabulario específico de la conversión, en los repetidos relatos que el mismo Pablo nos dejó (Gal 1, 11-16; 1 Cor 9, 1; 15, 8; 2 Cor 4, 6) y de los que Lucas, en el libro de los Hechos, ofrece tres relatos detallados (9, 1-19; 22, 3-21; 26, 9-18). Pablo, después de lo que vivió en el camino de Damasco, siguió creyendo en el mismo Dios en el que siempre había creído, “el Dios de los Padres” (Hech 22, 14), y viviendo la religión en la que había sido educado (S. Légasse). Por eso, cuando Pablo habla de Dios, se refiere al Dios de Abrahán y a las promesas hechas a Abrahán (Gal 3, 16-21: Rom 4, 2-20) (U. Schnelle). Ahora bien, sabemos que el Dios de Abrahán es el Dios que le pidió a Abrahán que matara y ofreciera, en “sacrificio” religioso, a su hijo querido (Gen 22, 1-2). Es, pues, el Dios que necesita sufrimiento, sangre y muerte para perdonar, según la sobrecogedora afirmación que recoge la carta a los Hebreos: “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Heb 9, 22).

El contraste con el Dios de Pablo es el Dios del que nos habla constantemente Jesús y que se nos da a conocer en la vida y enseñanzas de Jesús. Se trata del Dios al que Jesús presenta siempre como Padre. Pero no desde el modelo del “paterfamilias”, el patrón y dueño del grupo familiar, que se definía a partir del “poder”. No. Jesús habla siempre del Padre, que se entiende desde el “amor”, la bondad y la misericordia. Así, en la parábola del hijo extraviado (Lc 15, 11-32), al que el padre acoge, perdona y le hace fiesta, sin pedirle cuentas, ni explicaciones, ni justificación alguna. Es el Padre “que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45). Y, sobre todo, el Padre que se nos dio a conocer en Jesús (Jn 1, 18), de manera que quien veía a Jesús, por eso mismo y por eso solo, veía al Padre (Jn 14, 9). El Padre de la misericordia, que acoge a pecadores y convive con ellos (Lc 15, 1-2; Mc 2, 15-17; Mt 9, 10-13; Lc 5, 29-32). El Padre que, en la vida y conducta de Jesús, dejó patente que sus tres grandes preocupaciones fueron el sufrimiento de los enfermos, la indigencia de los pobres y las mejores relaciones personales entre los seres humanos.
La consecuencia de todo lo dicho se comprende fácilmente. Empecé diciendo que según es el Dios en el que cada cual cree, así es la vida que lleva. A primera vista, parece que el Dios más duro y exigente es el Dios de Pablo. En realidad no es así. El Dios de Pablo exige sacrificio y culto. A nosotros no nos pide ya eso. Nos pide que repitamos el “sacrificio ritual”, que rememora y actualiza el sacrificio de Cristo en la cruz. Por eso vamos a misa. Y si no podemos, pagamos misas. Porque es importante dejar la conciencia tranquila, en paz, para sentirse perdonado. 
El Dios de Jesús, tal como se nos reveló en la vida, en las enseñanzas y la conducta de Jesús, no pidió rituales del culto en el templo. Lo que pidió fue que respetemos a todos, que perdonemos a todos, que amemos siempre a todos, que seamos siempre buenos y que nos sintamos libres para trabajar a fondo por una vida y una sociedad más igualitaria, más justa, más feliz, sobre todo para los que más sufren.

Pues bien, así las cosas, queda patente que el Dios que nos da verdadero miedo, al que más nos resistimos, no es el de Pablo, sino el de Jesús. De hecho, en la Iglesia, y en la teología, ha tenido (y sigue teniendo) más presencia el Dios de Pablo que el de Jesús. ¿No será eso así porque con el Dios de Pablo es posible mantener el solemne tinglado clerical que mantenemos, mientras que con el Dios de Jesús, si lo tomamos en serio, tendríamos que modificar cosas y conductas que no estamos dispuestos a cambiar?

sábado, 2 de abril de 2016

MISERICORDIA: “Señor, que no apaguemos el corazón”



“Señor, que no apaguemos el corazón,
no permitas que la vida nos lo apague.
Sin un corazón palpitante, ¿cómo corresponder a tu amor?
Sin una ternura profunda, ¿cómo servirte en los hermanos?

Señor, que eres comunidad con Jesús y el Santo Espíritu,
que eres amor que hace a los otros distintos
y los mantiene unidos sin confusión,
danos sentir tu amor como sol
que encienda nuestra tierra,
como lluvia que empape,
como viento que la esponje y estremezca.
Danos un corazón de carne,
aunque muera de dolor, de ansias o de desprecios.

Te pedimos, Señor, que no cometamos el sacrilegio
de emplear tus leyes para amordazar el corazón,
para neutralizarlo con códigos,
para sustituirlo con ritos y ceremonias,
para canjearlo por un poco de poder,
para venderlo a cambio de vivir asegurados.

En esta hora de lobos en que manda la ley
de la lucha por la vida y el dominio del más fuerte,
tú nos ofreces proseguir la misión que encargaste a tu Hijo:
“Liberar a los oprimidos”.
Para esta sagrada misión te pedimos, Señor,
que transformes nuestro corazón de piedra en un corazón de carne.
Te pedimos, Padre, el Espíritu Santo de la solidaridad. Amén.”
  

(Salmos de vida y fidelidad, Pedro Trigo. Teólogo jesuita)

LA MISERICORDIA FRENTE A LOS POBRES



Felices los pobres 
porque de ellos es el Reino de Dios.
Estas palabras tuyas, Jesús,
tan claras y comprometidas,
siguen repicando en nuestros oídos,
invitándonos a la conversión para servir al Reino.

Felices los pobres,
es un canto divino que recorre la Biblia entera.


Felices los pobres,
no porque son pobres, 
sino  porque son los preferidos de tu Padre Dios, 
sencillamente así,
y Él les está preparando un mundo
en el que también ellos puedan ser felices.

Son sus preferidos porque son 
sus hijos más débiles y frágiles,
Los que más necesitan de él.
pero también los que están más libres
para ayudarlo a construir el Reino

Danos, Señor, espíritu de pobreza,
enséñanos a empobrecernos por el Reino y por los demás.
Enséñanos a aprender de los pobres
el evangelio que a veces queremos enseñar.

Muéstranos cómo seguir tu huella,
tú que te hiciste pobre para hablarnos de ese Dios
para quien los pobres y los pequeños
son los grandes de su Reino.

No permitas que sigamos hundidos
en nuestra prepotencia y nuestros egoísmos,
indiferentes al dolor de tant@s herman@s nuestr@s.
Y cuenta con nosotros para construir 
ese mundo nuevo que tú propones
donde reinen efectivamente la paz, 
la libertad, la verdad y la justicia.

viernes, 1 de abril de 2016

¡APÁRTAME, SEÑOR, del camino fácil y de la vida cómoda!

 




Quiero jugar en terreno limpio y sin piedra
Recorrer aquellos caminos que no conducen a peligro alguno
Disfrutar de aquellos valles que no sean excesivamente profundos
Más, Tú, Señor, con o sin mi permiso, te lo digo:
¡APÁRTAME, SEÑOR!

No me dejes en la tentación de lo fácil,
No dejes que, mi vida, sea un trayecto de mínimos.
No permitas que, ante las dificultades,
me repliegue por cobardía, el qué dirán o vergüenza.
¡APÁRTAME, SEÑOR!

Porque Tú lo sabes, aspiro a tener
aunque mil veces te diga que lo importante es “ser”
Porque disfruto recibiendo más que ofreciendo
Porque, el ser perdonado, siempre me resulta
más gratificante y hasta menos duro ante los ojos de los demás
que, ir por ahí, yo perdonando. 
¡APÁRTAME, SEÑOR!

Llévame a un lugar donde pueda estar conmigo mismo
Donde Tú puedas habitar conmigo
En el que, cara a cara, puedas colocar a Dios
con la misma fuerza, que Tú lo tienes clavado en tu corazón.
¡APARTAME, SEÑOR!

Porque tengo miedo a dejarme llevar
por la corriente del “todo vale”
Porque tengo miedo a perder de vista
el horizonte la bandera de la Pascua ondea
Porque, simplemente Señor,
pocos me hablan de Ti…y muchos dicen no conocerte
¡APÁRTAME, Y LLÉVAME A TI, SEÑOR!


P. Javier Leoz

Te doy gracias, Señor, porque mi lote está con los desheredados




«Yo te doy gracias, Señor, 
porque el lote de mi herencia está con los desheredados. 
Sufren y soportan la carga del poder, 
ocultan el rostro ahogando los sollozos en la oscuridad.
         Te doy gracias porque cada pulsación de su pena ha palpitado en el secreto profundo de tu noche, 
y cada insulto ha sido recogido en tu gran silencio. 
El día de mañana es de ellos.
         ¡Oh sol!, levántate sobre los corazones que sangran. 
¡Que florezcan con flores de la mañana! 
¡Que las antorchas de las orgías orgullosas 
se vean reducidas a cenizas!». 

RABINDRANAT TAGORE

El peor de los miedos es tener demasiado miedo


Lo dijo san Juan Eudes, «el peor de los miedos es tener demasiado miedo».

Malgastar la vida es vivir esclavo. ¿Lo eres tú? ¿Quizás eres esclavo de las heridas que recibiste cuando niño?, ¿o de tus traumas de la infancia?, ¿o de lo que alguien decidió que fueras?, ¿o de una relación que no te satisface?, ¿o de un trabajo que no disfrutas?, ¿o de la rutina de tu vida? ¿O del miedo?

¡Ya libérate! ¡Bota ya ese costal que llevas en la espalda, lleno de resentimientos, culpabilizaciones y rencores. Deja ya de culpar a otros o a tu pasado por lo que no marcha bien en tu vida. Cada día tienes la oportunidad de empezar otra vez. Cada mañana, naces de nuevo y recibes otra oportunidad para cambiar lo que no te gusta y mejorar tu vida. ¡Aprovéchala !

La responsabilidad es toda tuya. Tu felicidad no depende de tus padres, de tu pareja, de tus amigos, de tu pasado, sino sólo de ti. ¿Qué es lo que te tiene paralizado?, ¿el miedo al rechazo?, ¿al fracaso?, ¿al que dirán?, ¿a la crítica?, ¿a cometer errores?, ¿a estar solo?

¡Rompe ya esas cadenas que tú mismo te has puesto! A lo único que le debes tener miedo es a no ser tú mismo, a dejar pasar tu vida sin hacer lo que quieres, a desaprovechar esta oportunidad de mostrarte a otros, de decir lo que piensas, de compartir lo que tienes. 

Tú eres parte de la vida y, como todos, puedes caminar con la frente en alto y los ojos abiertos. Los errores del pasado ya han sido olvidados y los del futuro serán perdonados. Date cuenta de que nadie, mucho menos Dios, lleva un registro de tus faltas, sólo tú mismo. Ese juez que te reprocha, ese verdugo que te castiga, ese mal amigo que siempre te critica, ¡eres tú mismo! Ya déjate en paz, ya perdónate: ¡sólo tú puedes hacerlo!...





sábado, 26 de marzo de 2016

Acoger en el corazón implica adoración y compasión

“Hemos de acoger en el corazón las miserias de los que sufren” nos pide san Juan Eudes. Esa acogida debe ser simultánea con la acogida al amor de Dios; mejor dicho, esa acogida que tiene en cuenta la propia miseria acogida en el corazón de Dios y así se hace sensible a la miseria del prójimo, debe ser tal que toque el fondo del ser y ponga en movimiento los mecanismos vitales del amor. Es así como la reacción ante el dolor del prójimo se hace, a la vez, adoración y compasión, como dos aspectos de la misma realidad.
Porque cuando esa acogida a las miserias del hermanp alcanza el impulso de vida fundamental, surge un movimiento hacia el otro (el prójimo) y el Otro (Dios) como fuente de un compromiso hecho servicio.
Ello implica entrar en la experiencia de la misericordia, abrirnos a la "compasión", aprender a "llevar en el corazón" al prójimo. Nace así, en el mundo interior, una cualidad y una totalidad de acogida en las que la adoración y la compasión son dos aspectos indisociables de la reacción ante lo que se acoge o se "recibe".
La capacidad de "llevar en el corazón" constituye la condición fundamental del compromiso. Es así como, a lo largo de todo el camino espiritual eudista, se habla tanto de receptividad como de acogida simultánea al amor de Dios y a las miserias humanas.
Y Cuando lo que se acoge es la miseria del otro llevada por Dios mismo en su “corazón”, la ADORACIÓN se convierte en COMPASIÓN, y la COMPASIÓN se convierte en ADORACIÓN.
En otras palabras,  la vivencia de misericordia en su totalidad hace que se experimenten al mismo tiempo la adoración y la compasión, como dos aspectos de una misma reacción del fondo del ser:
- la acogida de la infinita bondad de Dios que salva: adoración
- la acogida de la miseria del otro: compasión
La receptividad hace surgir esta energía de adoración-compasión, generando así el proceso de compromiso y entrega. Porque una adoración-contemplación que no se traduzca en compasión y compromiso, que no sea creadora, no es verdadera contemplación. Un compromiso militante que no se inspira en la mirada contemplativa, no es libre, ni liberador, ni creativo. Donde se da lo uno se da lo otro, y donde falta lo uno falta lo otro.
"Nosotros  adoramos  en  el  Padre  eterno dos grandes e inefables perfecciones... La primera es su divina Paternidad... La segunda.. es aquella que se expresa en las Escrituras, cuando se le llama "el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación", para hacernos ver que El lleva todas nuestras miserias en su corazón; que ellas lo conmueven vivamente (compasión: sufrir con...J ... y que tiene un deseo infinito de liberarnos de ellas” (O.C., VII, 499-500).
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