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viernes, 10 de febrero de 2017

San Juan Eudes en el mundo de los símbolos

El hombre es animal de símbolos, su vida está llena de signos y de símbolos. Es decir, esas formas originales pero válidas y extraordinariamente expresivas de lenguaje, que trascienden toda otra palabra hablada o escrita. Por eso, ayudan a percibir y a comunicar lo que no es posible captar y traducir o expresar de otro modo. 

Del signo -y, particularmente, del símbolo- se puede afirmar lo que Vicente Huidrobo afirmaba del verso: que es una «llave que abre mil puertas». Porque puede suscitar, despertar y ofrecer incontables sugerencias y vivencias. Cuando ofrecemos una flor, por ejemplo, no es su materialidad lo que importa sino lo que con ella queremos expresar: amor, cariño, gratitud... Cuando encendemos una vela ante una imagen, tampoco son la llama o la cera derretida lo valioso, sino la fe que así queremos manifestar.
El signo y el símbolo no sólo son muy expresivos sino que constituyen un lenguaje verdaderamente univer­sal, que cualquiera puede entender; son como «palabras naturales de todas las gentes», afirmaba san Agustín[1]. Lo definió muy bien la Comisión Bíblica Pontificia:
«El lenguaje simbólico permite expresar zonas de la experiencia religiosa que no son accesibles al razonamiento puramente conceptual, pero que tienen un valor para las cuestiones de verdad»[2].
Y ello porque, como es ya bien reconocido, sólo el "lenguaje simbólico" es capaz de aproximarse y adecuarse referencialmente al mundo de lo sagrado e inefable, merced a la típica dialéctica por la que viene definido todo lenguaje simbólico: el símbolo transforma los objetos en otra cosa distinta de como aparecen a una primera visión profana; traspasa las fronteras concretas de lo de abajo para, en su más exacto límite, hacerlo contactar con lo supremo; reúne las múltiples zonas de la realidad confiriéndoles una cierta unidad fundamental y de orden superior[3].
El símbolo es, pues, el lenguaje de la evocación y de la excedencia. Proyecta hacia lo más profundo y recóndito, hacia lo más trascendente de la realidad: un sistema de indirecto pero verdadero conocimiento, en el que lo significante y lo significado tratan de hacer desaparecer esta cierta dicotomía o "corte" entre la dimensión más honda y esa otra. más patente. de la realidad[4]. Más que de explicación conceptualizadora, el símbolo es un modelo de implicación existencial: proyecta hacia una relación total y una participación más plenaria en lo real.
De ahí la razón del símbolo religioso. Eliade diría que, además de revelar múltiples significados estructurales coherentes, el símbolo religioso integra las realidades heterogéneas dentro de un "sistema". Por eso tiene más de implicación que de explicación. O, si se quiere, es un modo de explicación que implica. Y lo hace proyectando el espíritu hacia una más honda relación y participación en lo real.
Concretamente, la simbolización religiosa vincula o emparienta con lo sagrado, religa cohesiva, unificada y amorosamente con esa proto‑realidad significada por lo numinoso, frente a la cual la existencia humana no puede menos que saberse comprometida, como confiesa M. Eliade[5].
Sin lugar a dudas, san Juan Eudes fue un hombre especialmente hábil en este uso de los símbolos. Bastaría con recordar el del corazón, del que estamos hablando.

El gran símbolo humano
Ahora bien, ningún signo y ningún símbolo humano es más universal y expresivo que el corazón. Cuando queremos hablar del «centro» de algo o de alguien, empleamos la palabra corazón. Cuando intentamos expresar el amor más profundo y más intenso, decimos: «con todo el corazón». En el lenguaje cotidiano amor y corazón se han hecho casi sinónimos.
Según la Biblia la palabra “corazón” -que aparece 858 veces en los textos del A.T. y 148 veces en el N.T.- expresa el núcleo vivo de la persona y, desde allí, representa a la persona misma, toda entera, pero contemplada en su máxima interioridad[6]. Remite al centro de toda la vida psíquica y moral del hombre, al eje en torno al cual gira todo lo que es y todo lo que hace, a la raíz misma de la personalidad, al hontanar más hondo de la vida, al centro ordenador de la existencia, a la fuente viva del pensar, del querer y del amar. Sobre todo a esto último, pues el núcleo vivo de la persona, su urdimbre, su entramado más profundo, su tejido primordial, es la capacidad y necesidad de amar y de ser amado, aspectos todos que recoge la simbólica del corazón.
En tal sentido, el corazón se convierte en sumario de la persona pero asumida desde el núcleo de su interioridad. Ninguna otra palabra puede describir con mayor riqueza y elasticidad la interioridad del hombre; por eso es el lugar donde Dios habita, donde Dios vive, actúa y se comunica, donde el Espíritu Santo realiza sus operaciones más secretas y profundas.
No debe sorprendernos, entonces, que la palabra corazón sea un vocablo primordial en todos los idiomas: una de esas palabras que merecen la calificación de «primeras» y de «mayores» en el lenguaje universal y, por lo mismo, en todas las relacio­nes humanas; una de esas palabras originarias que, como anota K. Rahner, en el lenguaje humano «sirven de conjuro», pues son capaces de unirlo y condensarlo todo[7]. Al preguntarse cuál sería, en la teología y en la espirituali­dad cristianas, esa palabra originaria, Rahner se responde:
«No hay ninguna otra. No se ha pronunciado ninguna otra palabra que la de Corazón de Jesús»[8].
En pocas palabras, el símbolo  del corazón es bueno porque nace de la propia vida y es válido porque sintoniza bien con la entraña misma del mensaje cristiano que es el amor. Lo que en definitiva constituye su valor simbólico es que se presta para expresar las profundidades misteriosas de esa «interioridad mutua» que es la lógica propia del amor y, más aun, la de la vida divina, puesto que Dios es amor.
Y es lo que Juan Eudes lo ha sabido compendiar y expresar tan claramente en su doctrina sobre los corazones de Jesús y de María. Como lo iremos viendo posteriormente.



[1] SAN AGUSTIN, Confesiones, 1, 8, 13.
[2] Comisiòn Bíblica Pontificia, L'interpretation de la Bible dan l'Eglise, Roma, Libreria Editrice Vaticana, 1993, p. 54.
[3] Ver F. Boasso, El misterio del hombre, Buenos Aires 1965, 88.
[4] Ver G. Durand., De la mitocrítica al mitoanálisis, Barcelona 1993, 18
[5] M. Eliade, Iniciaciones m¿sticas, Madrid 1986, 134. No deJa de ser sorprendente comprobar cómo Jung desde la psicologia profunda, llega a Las mismas conclustones, en el orden subjetivo. El s¿mbolo tiene un carácter "totalizador": com‑prende lo consciente y lo inconsc~ente, el future y el pasado, y Los un~fica en un presente actflahzado. Se impone de golpe con una mistenosa fasc~nac~on, hiriendo todas Las esferas del esp~ritu (ver C.G. Jung, El hambre y sus s¿mbolos, Barcelona 1977).
[6] Cf. ALONSO, Severino M., 
[7] K RAHNER, Devoción al Corazón de Jesús, en Escritos de Teología» Madrid, 1967, t. Vll, p. 519.
[8]  K. RAHNER, ib., p. 521.

martes, 7 de febrero de 2017

En la fiesta del Corazón de María

El contenido de la Fiesta del Corazón de María, muy grande y admirable

(San Juan Eudes, El Corazón Admirable, Libro XI, Cap. II, Meditaciones, 


Consideremos atentamente cuál es el contenido de esta solemnidad. Es el Corazón sagrado de la reina del cielo y de la tierra; el Corazón de la soberana emperatriz del universo; el Corazón de la hija única del amadísimo Padre eterno; el Corazón de la Madre de Dios; el Corazón de la esposa del Espíritu santo; el Corazón de la bondadosa madre de todos los fieles. Es el Corazón más digno y noble, augusto y generoso, magnifico y caritativo, el más amable, amado y amante de los corazones de las puras criaturas.

Es un Corazón encendido en amor a Dios y del todo inflamado en caridad a nosotros, merecedor de tantas fiestas como ha producido de actos de amor a Dios y de caridad a nosotros.

Añade a esto también el divino Corazón de Jesús que no tiene sino un Corazón con su amadísima Madre en unidad de espíritu, de afecto y de voluntad. Añade además los corazones de los ángeles y de los santos que no tienen sino un solo corazón entre sí, y con su Padre y su Madre.

Este es el contenido de esta fiesta muy grande y admirable que merece veneraciones y alabanzas infinitas. Abriga gran deseo de celebrarla con toda la devoción que te sea posible.

Considera que esta fiesta es día de gozo extraordinario para nosotros pues el Corazón de nuestra divina Madre nos pertenece por cuatro títulos:

Primero, nos pertenece porque el Padre eterno nos lo ha dado. 
Segundo, nos pertenece porque el Hijo de Dios nos lo ha dado. 
Tercero, nos pertenece porque el Espíritu santo nos lo ha dado. 
Cuarto, nos pertenece porque ella misma nos lo ha dado.

Consiguientemente el Corazón de Jesús y los corazones de los ángeles y los santos nos pertenecen porque todos esos corazones hacen uno solo corazón que es del todo nuestro.

¡Que tesoro! ¡Qué dicha y qué provecho para nosotros! ¡Cuán ricos somos! ¡Qué motivo de gozo y de arrobamiento para nosotros!

Querido Jesús mío, ¿qué te voy a dar por tantos favores como recibo de continuo de tu infinita bondad y de la caridad incomparable de tu sacratísima Madre? Te ofrezco mi corazón. Él te pertenece por infinidad de títulos. Pero ¿qué es ofrecerte el corazón de una nada? Te ofrezco los corazones de todos los ángeles y de todos los santos. Pero todavía es muy poco comparado con el tesoro inmenso que me has dado al darme el Corazón de tu santa Madre. Te ofrezco ese mismo Corazón. Él te es más agradable que todos los corazones del universo. Pero esto no es suficiente para cumplir enteramente mis obligaciones. Te ofrezco tu Corazón adorable del todo encendido en amor inmenso e infinito a ti y a tu divino Padre.

Reina de mi corazón, te ofrezco también el corazón muy amable y todo el amor de tu Hijo en acción de gracias por el tesoro inestimable que me has dado al darme tu Corazón maternal.

Jaculatoria: Corazón de Jesús y María, norma del corazón fiel, reina por siempre en nuestro corazón.

Oración final

¡Oh Madre de amor, une nuestros corazones con tu Corazón maternal tan íntimamente que no puedan separarse jamás; y que los corazones de los hijos no tengan otros sentimientos que los del sagrado Corazón de su muy buena Madre!


Amén.

¡Cosa admirable! En la fiesta del Corazón de María


martes, 15 de noviembre de 2016

ESPIRITUALIDAD EUDISTA: San Juan Eudes, Padre, Doctor y Apóstol

En la bula de beatificación de Juan Eudes, el papa san Pío X lo declaraba «Padre, Doctor y Apóstol del culto litúrgico a los Sagrados Corazones». De esa forma, la Iglesia, desde su más alta tribuna, daba el espaldarazo a una verdad que muchos habían querido negar interesadamente: la devoción al Corazón de Cristo y al Corazón de María tuvieron en Juan Eudes su primer expositor y apóstol. 
A esta innovadora devoción el P. Eudes había llegado por el camino de la misericordia. De allí a descubrir la identidad de Dios como un Dios con corazón, y a precisar luego su máxima expresión en Cristo, mensajero y testigo de la misericordia del Padre, no había sino un paso, y Juan Eudes lo supo dar.
Después vino un proceso de crecimiento continuo que llevó a convertirla en una de las más populares y fecundas devociones cristianas. Pero conviene no perder de vista que las raíces de ese, muy pronto frondoso árbol se hunden en el corazón y el carisma de aquel pequeño misionero normando del s. XVII. 
Juan Eudes el primero -y aquí se encuentra otra de sus grandes intuiciones proféticas- supo encontrar en la simbología popular el signo más universal para expresar el más universal de los amores, el de Dios. A partir de él, la palabra corazón, referida a Jesucristo y a la Santísima Vir­gen, tuvo y sigue teniendo una especialisima relevancia en la vida y en la espiritualidad cristianas.
Y, efectivamente, pocas devociones han gozado en el mundo cristiano, durante los cuatro últimos siglos, de tanta popularidad como la del Corazón de Cristo; sobre todo a partir de las polémicas revelaciones supuestamente hechas a santa Margarita María Alacocque. Aunque el camino ya lo había iniciado Juan Eudes muchos años antes, fue la santa de Paray-le-Monial la que, al ligar esta devoción a una serie de gratificantes promesas divinas, le dio el empuje definitivo para que entrara en el mundo de la religiosidad popular. No es de extrañar, entonces, que , después de que, en 1875, el Parlamento francés aprobara la construcción de la Basílica del S. Corazón de Montmartre, muchos otros gobiernos y países siguieran el ejemplo, imprimiéndole a esta devoción cierto tono que podríamos llamar, con las debidas reservas, «oficial».
La Iglesia supo responder a ese sentir colectivo. Así, en 1856 Pío IX extendía a la Iglesia universal la liturgia del Sdo. Corazón; en 1894, León XIII consagraba el género humano al Sagrado Corazón. En 1928 Pío XI, y Pío XII en 1956, le dedicaban sendas encíclicas, reiterando su vigencia e importancia en la piedad popular. La Haurietis Aquas, de Pío XII, definía el culto al Corazón de Jesús como el culto al amor que Dios tiene por nosotros, que expresa, al mismo tiempo, la práctica del amor cristiano a Dios y a los hombres. Ciertamente esta idea iba más en consonancia con la espiritualidad de san Juan Eudes que con la de Paray-le-Monial.
A partir de allí la devoción al Sdo. Corazón no cesó de extenderse hasta llegar a disfrutar, a comienzos del siglo 20, de un status realmente excepcional. No hubo entonces -ni existe hoy- capilla o Iglesia sin su imagen del Sagrado Corazón, aunque sus representaciones con mucha frecuencia adolezcan de pésimo gusto y ofendan brutalmente lo estético[1]. 
La celebración de los “primeros viernes” fue, hasta tiempos recientes, una pieza obligada de todo proyecto pastoral. Las cofradías, asociaciones, movimientos y congregaciones, construídas sobre la devoción al Corazón de Jesús, consagradas a él, o que llevaban su nombre, pululaban por todas partes. 
Por eso, resulta difícil de entender la profunda y creciente crisis que hoy experimenta esta devoción. Y no la comprenderemos si no nos remontamos hasta mediados del s. XIX, época en la que comenzó a verse afectada por ciertas desviaciones. Todo empezó cuando, en 1882, Philip A. Kemper decidió difundir gratuitamente lo que él llamó las "Promesas del Sagrado Corazón", compilación de doce breves extractos de los escritos de santa Margarita María, sacados de su contexto y bastante manipulados. Tales promesas, que le dieron entonces una inusitada popularidad a la devoción, de hecho marcaron en ella una fuerte y desafortunada huella y terminaron hiriéndola de muerte. En efecto, con ellas se inició un proceso de desviaciones sentimentaloides e intimistas, con marcada insistencia en el aspecto reparador, alimentadas, en muchos casos, más por corrientes neuróticas que por una auténtica y segura piedad, y apoyadas sobre concepciones enfermizamente doloristas que chocan a la sensibilidad mo­derna.
También contribuyó mucho a ese deterioro cierta predicación que, para las generaciones de nuestro tiempo, ofrece claros aires de propaganda: se ha insistido demasiado en que la devoción al Corazón de Jesús tuvo su origen en las visiones y revelaciones priva­das de Santa Margarita María y en las promesas que supuestamente se le hicieron; pero la investigación histórica parece demostrar que tales revelaciones son ficticias[2]. Por otro lado, el que su realización se presente como algo automático (pensemos en las «promesas» ligadas mecánicamente a los 9 primeros viernes[3]), comunica a la religión un desagradable aspecto de negociado y comercio[4].
Debido a to­dos esos elementos espúrios que la corriente de Paray-le-Monial fue intro­duciendo en ella, la devoción al Corazón de Cristo fue perdiendo el favor de un pueblo cristiano cuya fe, cada día mejor formada, más consciente y más sensible a ciertos valores humanos, ya no estaba dispuesta a aceptar deformaciones fáciles del Evangelio. No es de extrañar, entonces, que la teología de los tiempos que antecedieron al Vaticano II se mostrara tan poco receptiva a ella. El mismo concilio la mencionó muy de pasada en sólo dos ocasiones[5]. Desde entonces, el proceso de devaluación continuó indetenible, a pesar del esfuerzo de diversas personas e instituciones. 
La pregunta que cabe aquí es si tuvo algo que ver la doctrina de Juan Eudes con las desviaciones mencionadas. Ciertamente no. Por eso, tenemos derecho a afirmar, sin remilgos, que en la devoción actual al Corazón de Cristo, vivida en el espíritu y estilo de Paray-le-Monial, muy poco tuvo que ver la sana y lúcida teología de la Escuela Beruliana. De hecho, la devoción que Juan Eudes ideó y quiso conserva hoy todo su valor y atractivo, pues jamás se ha ocultado bajo las escorias que todavía encontramos en la “parodia” achacada a S. Margarita María. Podemos hablar en este campo, de un profetismo particular del misionero normando.
Es lo que trataremos de dilucidar en próximas entregas de este mismo blog.


[1] A ello se debe el que hombres como Hyusmans las hayan condenado sin contemplaciones, y el que la literatura suela hacer mofa de ellas.
[2] La referencia y vinculación de las promesas -y de las revelaciones- a la Sagrada Escritura fue hecha muy a posteriori.
[3] La costumbre de comulgar los primeros viernes de mes es tan antigua como el movimiento de Paray-le-Monial, pero el énfasis en el número nueve comenzó sólo con las publicaciones de Kemper, en 1882. 
[4] Cf. el excelente estudio de Mons. C. GUILLON, «El Corazón de Jesús actualizado en la Espiritualidad de san Juan Eudes», en Vie Eudiste, 1973, pp. 257s.
[5] GUILLON, C., Conferencia cit. a los religiosos de Portugal...

martes, 6 de septiembre de 2016

San Juan Eudes y la devoción al Corazón de Jesús y de María

San Juan Eudes fue un apóstol del Corazón de Jesús y del Corazón de María en toda la extensión de la palabra. El Romano Pontífice, San Pío X, dijo de él en el Breve de su beatificación: «Pero a los méritos de Juan Eudes para con la iglesia es preciso añadir el de que, ardiendo en singular amor para con los santísimos Corazones de Jesús y de María, fue el primero en pensar, no sin inspiración divina (non sine aliquo divino afflatu), en que se les tributase culto litúrgico. Por lo cual ha de ser considerado como padre de esta suavísima devoción, ya que desde los principios de su Congregación de sacerdotes procuró que entre sus hijos se celebrase la fiesta de los mismos Corazones; doctor, puesto que compuso Oficio y Misa propios en honor de ellos;[7] apóstol, finalmente, por haberse esforzado con todo su corazón en que se divulgase por doquiera este provechosísimo culto»[8]. 
En su libro El Corazón admirable san Juan Eudes se expresa de esta manera:
«El Corazón adorable de Jesús es el principio y la fuente de todos los misterios y circunstancias de su vida, de todo lo que ha pensado, hecho y sufrido...; es la fiesta de las fiestas, porque su Corazón abrasado de amor es quien lo ha movido a hacer todas estas cosas. Esta fiesta pertenece más bien al cielo que a la tierra, es más bien festividad de serafines, que festividad de hombres»[9].
Va mostrando cómo toda la santidad, gloria y felicidad de los Ángeles y Santos son otras tantas llamaradas del horno intenso del Corazón de Jesús, al igual de las gracias que de continuo se derraman mediante los sacramentos a fin de vivificar y santificar las almas de la Iglesia militante, y, al afirmar que la santa Eucaristía es la más ardiente de estas divinas llamaradas, añade: «Si, pues, se celebra en la Iglesia una fiesta tan solemne en honor de este divino Sacramento, ¡qué festividad no debería establecerse en honra de su Sacratísimo Corazón, que es el origen de todo lo grande, raro y precioso que existe en este augusto Sacramento!10]
Por eso, el Santo, al considerar que Dios había concedido la merced, a él y a su Congregación, de entregarles el Corazón de Jesús y el de María, exclamaba con humilde gratitud:
«No tengo palabras que puedan expresar la excelencia infinita del favor incomprensible que me habéis otorgado, ¡oh Madre de misericordia!, al entregar a mis hermanos y a mí el Corazón adorable de vuestro amado Hijo con el vuestro amabilísimo, para ser el corazón, la vida y la regla viva de dicha Congregación» (11)
Da una idea de lo mucho que San Juan Eudes esperaba de la devoción al Corazón de Jesús y del concepto grandioso que de ella tenía, aquella teoría de los tres diluvios, que él admite en sus escritos. Según ella, tres son los diluvios en el mundo. El primero fue de agua, con el cual la justicia purificó la tierra manchada con los pecados de los hombres, y éste se atribuye a la omnipotencia de Dios Padre. El segundo fue de sangre, con la pasión y muerte de Jesucristo, que satisfizo a la par a la justicia y a la misericordia de Dios, y éste se atribuye al Hijo. El tercero será de fuego y de amor, y será atribuido al Espíritu Santo. Este diluvio está reservado a los últimos tiempos, y vendrá por el Corazón de Jesús.
Sin duda que una idea parecida tenía el Santo en su mente, cuando escribía en el último año de su vida:
«Los innumerables motivos, que nos obligan a tributar nuestras adoraciones y honores al Divino Corazón de nuestro amabilísimo Salvador, con una devoción y respeto extraordinarios, están comprendidos en tres palabras de San Bernardino de Sena, que llama a este amabilísimo Corazón: Horno de caridad ardentísima para inflamar y encender el orbe entero»[12]. 
Tal vez, bajo la influencia de esta idea, como hace notar el P. Doré, San Juan Eudes representó, en la imagen de Nuestra Señora de los Corazones, los de Jesús y de María bajo el emblema de un horno de amor.
Y es a esa hoguera de amor  adonde acuden los discípulos y las discípulas del Santo a encender sus antorchas para iluminar y encender el universo.
Y, por eso también, su imagen se ha representado tradicionalmente con un corazón en llamas en la mano.




[7] Ya se entiende que la intención del Pontífice no es llamar doctor al Santo sólo por haber compuesto el Oficio y la Misa, sino por esto y por sus muchos escritos sobre el mismo tema.
(8] AAS. 1910, pág. 480.
[9]  Cœur admirable. Méd. 1, 2, 3
[10]  Idem, L. XII, ch.II
[11] Cœur admirable. L. II, ch. III § 12
[12] Le Sacré Cœur de Jésus, cap. XII

lunes, 29 de agosto de 2016

San Juan Eudes, maestro de la vida y el reinado de Dios en nosotros

Como sabemos, aquel pequeño misionero normando del siglo XVII que firmaba siempre “J. Eudes, sacerdote misionero”, nos invita constantemente a reavivar la vida cristiana en nosotros y en nuestro entorno, haciéndonos testigos de la ternura de Dios. Como lo fue él mismo a lo largo de toda su vida.
Como sacerdote, predicó el Evangelio de Jesús durante toda sus largas y fecundas correrías misioneras. Vivió con el deseo constante de despertar la fe y el amor de Dios en las almas. Ese servicio de la palabra corría parejas con un servicio de acompañamiento espiritual de las personas y de las comunidades…
Entre sus muchas obras escribió especialmente una destinada a personas en búsqueda de Dios: ”Vida y Reino de Jesús en las almas cristianas”. Este libro conoció en vida de Juan Eudes, al menos 30 ediciones. “No es un libro de teología espiritual, sino más bien un grueso manual práctico de vida cristiana destinado a todos los fieles, y en primer lugar para los cristianos laicos, para ayudarles a caminar hacia la santidad “continuando y aplicando la vida de Cristo” (P. Milcent)
Este hombre, con corazón de fuego y apasionado  por hacer conocer el evangelio, tenía el acuciante deseo de “hacer amar a su muy querido Jesús, servir a la Iglesia de Jesús, restablecer la gracia, el espíritu y la vida del cristianismo que está apagado, hoy en las mayor parte de los cristiano”. Y aunque en su tiempo todo el mundo estaba bautizado, él se dio cuenta, en el transcurso de sus misiones, de que había una gran ignorancia sobre este sacramento. Como la hay en nuestro tiempo. 
Presentaba el bautismo como un Contrato del hombre con Dios. Contrato en el que, con una mirada de amor para cada uno de nosotros. Jesús, el Hijo, nos hace participar en su vida; el Espíritu Santo, o más exactamente, el Espíritu de Jesús, se nos da para ser el espíritu de nuestro espíritu, el corazón de nuestro corazón.
Se trata de una Alianza más maravillosa, nos dice San Juan Eudes, la del amigo con su amigo, los hermanos con sus hermanos, el niño con su padre, la esposa con su esposo. Pero esta alianza nos compromete también a nosotros con Dios. Para vivir en conformidad con nuestro bautismo, es necesario renunciar a todo lo que es obstáculo a la vida de Cristo en nosotros, y vincularnos a Él: “Ser cristiano es hacer profesión de Jesucristo, vivir de su vida, ser animado por su espíritu”.
En Vida y Reino Juan Eudes recuerda a todos los cristianos, laicos, sacerdotes, religios@, que nuestra vocación es la santidad: “Ser cristiano y ser santo es la misma cosa; cualquiera que lleva el nombre de cristiano está obligado a seguir a Jesucristo en la santidad de su vida y sus costumbres”.
Eso es lo  mismo que nos ha dicho el Vaticano II cuando habla, en el nº 10 de la Lumen Gentium, de la llamada universal a la santidad. Y Juan Eudes insiste en que la santidad no consiste en no tener pecado sino en corresponder a la llamada de Dios con y en nuestra vida. El Bautismo es  para nosotros una llamada a la santidad “porque ser cristiano, es continuar la vida de Cristo en nosotros”, llegar a ser la imagen viva de Jesús. Y estar bautizado es hacerse manos, mirada, rostro y boca de Jesús en cada instante, hagamos lo que hagamos.
Juan Eudes nos proporciona medios sencillos para renunciar a nosotros mismos y darnos a Jesucristo y dejar  que él crezca en nosotros. Siguiendo a Pablo, afirma que la meta es que “Jesús sea formado en nosotros”, y que nosotros nos demos prisa en llegar a ser su imagen viva en nuestro aquí y ahora. Y nos propone algunos ejercicios “para vivir cristianamente y santamente” cada etapa del año y santificar nuestro tiempo.
Así, poco a poco, cada uno(a)  de nosotros y todos juntos, seremos, paso a paso, otros tantos Cristos, como dijera mucho antes que él, San Agustín de Hipona, afirmación a la que Juan Eudes supo darle un sentido y un alcance más profundo y exigente. Ojalá que nuestros corazones se dejen penetrar también por ese fuego apasionado que lo distinguió durante toda su vida..

viernes, 19 de agosto de 2016

San Juan Eudes, pastor, misionero, escritor y fundador (19 de agosto)

Un normando de pro, caracterizado por la terquedad en sus decisiones, de carácter brusco y poco simpático a juicio de sus contemporáneos, apareció en aquel siglo XVII de un cristianismo tan maltratado, como un mensajero preclaro de Dios. 

Hizo mucho bien la Iglesia en aquel momento a pesar de que los eclesiásticos de entonces se encargaron de hacérselo muy difícil. Gracias a la perseverancia, a saber lo que Dios le pedía y a la tenacidad en su oscuro y difícil trabajo, contribuyó a la edad de oro del despertar religioso de su país, cuando Francia salía de las guerras de religión.

En la historia de su vida no ha tenido acceso la fábula. Nació en Ur, en la diócesis de Seez, el 14 de noviembre del primer año del siglo. Su padre, Isaac Eudes, iba para cura y se quedó en subdiácono; rezaba el Oficio Divino cada día como secuela de su condición que tuvo que interrumpir por verse obligado a levantar la casa familiar, cuando la peste; se casó con Marta Combin, fueron buenos cristianos y tuvieron a su hijo Juan, que se educó con los jesuitas de Caen.
Juan fue ordenado sacerdote en el año 1625 y celebró la Primera Misa en el Oratorio de París fundado no mucho antes por el P. Bérulle; dos años atrás había conocido el espíritu de los oratorianos en la casa abierta en Caen a los que se afilió. El P. Bérulle fue un hombre santo profundamente preocupado por la situación lastimosa del clero francés ignorante y libertino de su época, llegó a ser cardenal e influyó de modo muy notable en Francia. En el año 1640 hizo a Juan superior o rector del Oratorio de Caen y desde allí se organizaron misiones para revitalizar la fe cristiana en la gente de los alrededores; hay frutos, pero lo malo del caso es que no maduran debido, en gran parte, a la situación tan deteriorada del clero.
Piensa entonces dedicarse a atender especialmente a los sacerdotes de cuyo ministerio va a depender de modo primordial que los cristianos corrientes puedan vivir su fe. Con dolor de su corazón decide dejar el Oratorio y poner en marcha el nuevo proyecto que incluye también la creación de seminarios. Encontró apoyo en el cardenal Richelieu, pero éste murió y Juan quedó sin valedor. Pudieron arreglarse las cosas y en 1643, de nuevo en Caen, funda un Instituto cuya finalidad será poner formación y espíritu en los sacerdotes y ayudar a quienes se preparan al sacerdocio para que sean curas de corazón y vivan como tales. 
A partir de este momento, va a comenzar para Juan Eudes toda una ristra de dificultades, contratiempos, calumnias y persecuciones que no lo dejarán hasta su muerte. Primero serán las autoridades locales y provinciales que no aguantaban su lucha por la ortodoxia: el obispo Malé llegó a cerrarle el seminario recién fundado en Caen, clausurándole la capilla y el culto. Luego serán las autoridades nacionales que ponen todo tipo de tropiezos a su gestión y defensa; fue alma sufriente ante la poderosa y eficaz resistencia con todo tipo de trabas y de juego sucio, a veces abierto y otras solapado, que llegó a utilizar medios ilícitos para hacerlo desistir de su intento; el mismo rey Luis XIV hasta el momento complacido con su labor, llegó a creer las insidias, le retiró su apoyo y lo mandó desterrar. Por último, serán también las Congregaciones Romanas las que se resistan: sus detractores oratonianos, jansenistas y lazaristas consiguen impedir que en Roma aprueben la Congregación de Jesús y de María, llegando hasta el soborno de su secretario para conseguir la traición. Tuvo que ser la Asamblea de obispos, reunida en Meulan en 1674, la que reexaminara el asunto y declarara la inocencia de Juan Eudes.
Como promotores de los seminarios (sus religiosos después se llamarán «eudistas», como son conocidos hasta el día de hoy), hay que consignar que, además del fundado en Caen –clausurado en 1650 y vuelto a abrirse en 1653–, con su espíritu terco pudo erigir otros en Coutances, Lisieux, Evreux y Rennes.
En cuanto a su trabajo como predicador de la genuina fe, hay que mencionar las múltiples misiones llevadas a cabo en su tierra normanda que recorrió en todas direcciones, restañando todas las heridas que encontraba; predicó en  Bretaña, Picardía, Ile-de-France, Perche, Brie y Borgoña; las gentes se arremolinaban bajo su púlpito igual que en las más populosas de Caen, Rouen, Autun, Beaune y el mismo París. La gente acudía a escuchar su palabra fuerte y vigorosa llamando con claridad a la conversión; de ese modo lo supo y quiso hacer sin respeto humano en Saint-Germain-des-Près, cuando estaba presente la reina y la Corte anunciando el juicio de Dios sobre quienes despilfarran en fiestas, mientras a su lado se muere la gente de necesidad.
También fundó la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad (posteriormente multiplicada en la rama de religiosas del Buen Pastor, con la finalidad de ayudar a sacar de la mala situación a las mujeres víctimas del vicio.
Puede ser considerado con verdad como padre, doctor y apóstol del culto litúrgico a los Sagrados Corazones de Jesús y de María como lo reconoció la iglesia en las bulas papales de su beatificación y canonización.
Prolífico escritor, dejó como herencia varias obras cuyo valor espiritual, teológico y pastoral sigue siendo valorado mucho en nuestros días.
En el mes de junio de 1680 reunió al Consejo de su Instituto, dimitió de su función de gobierno y murió, pasados dos meses, el día 19 de agosto.

A fin de cuentas, cumplió con su obligación, casi siempre a contrapelo, aunque tuviera carácter brusco y no disfrutara del don de la simpatía. Lo hizo bastante mejor que sus detractores, aunque éstos fueran simpáticos, suaves, condescendientes y se consideraran en la Iglesia como los únicos amos del cortijo; quizá si hubieran pensado que cuanto más alto, más y mejor hay que servir…

domingo, 14 de agosto de 2016

NOVENA A SAN JUAN EUDES: QUINTO DÍA SAN JUAN EUDES, MODELO DE SACERDOTES

INTRODUCCIÓN
La lectura que vamos a hacer hoy de una página de san Juan Eudes es suficiente para darnos idea de la alta estima que él tenía del ministerio sacerdotal.
Pero san Juan Eudes no se contentó con escribir bellamente sobre el sacerdocio ni con exhortar a los ministros de la Iglesia a vivir conforme a la dignidad de su excelsa vocación, fue ante todo un preclaro modelo de virtudes cristianas y sacerdotales.
Hoy, al recordar este ejemplo de vida, nos reunimos para orar por los ministros de la Iglesia, especialmente por los Obispos, Presbíteros y Diáconos quienes por el Sacramento del Orden han sido constituidos dispensadores de los misterios de Dios, para que configurados plenamente con Cristo, sean a su vez, modelos de fe y amor para los fieles confiados a su solicitud pastoral.
SALUDO PRESIDENCIAL
Hermanos, la gracia y la paz de parte de Jesucristo, el Testigo fiel, que ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Padre Dios esté siempre con ustedes.
R/ Y con tu espíritu: a Él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.
ORACIÓN
Oh Dios, que elegiste a san Juan Eudes para anunciar las inescrutables riquezas del amor de Cristo; concédenos que, movidos por su palabra y su ejemplo crezcamos en la fe y llevemos una vida conforme al Evangelio. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo...
R/ Amén.
LECTURA BÍBLICA
Desde Mileto envió a llamar a los presbíteros de la Iglesia de Éfeso. Cuando llegaron donde él, les dijo: «Ustedes saben cómo me comporté siempre con ustedes, desde el primer día que entré en Asia, sirviendo al Señor con toda humildad y lágrimas y con las pruebas que me vinieron por las asechanzas de los judíos; cómo no me acobardé cuando en algo podía serles útil; les predicaba y enseñaba en público y por las casas, dando testimonio tanto a judíos como a griegos para que se convirtie- ran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
Miren que ahora yo, encadenado en el espíritu, me dirijo a Jerusalén, sin saber lo que allí me sucederá; solamente sé que en cada ciudad el Espíritu Santo me testifica que me aguardan prisiones y tribulaciones. Pero yo no considero mi vida digna de estima, con tal que termine mi carrera y cumpla el ministerio que he recibido del Señor Jesús, de dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios.
Y ahora yo sé que ya no volverán a ver mi rostro ninguno de ustedes, entre quienes pasé predicando el Reino. Por esto les testifico en el día de hoy que yo estoy limpio de la sangre de todos, pues no me acobardé de anunciarles todo el designio de Dios.
Tengan cuidado de ustedes y de toda la grey, en medio de la cual les ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que Él se adquirió con la sangre de su propio hijo.Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre ustedes lobos crueles que no perdonarán al rebaño; y también que de entre ustedes mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí. Por tanto, vigilen y acuérdense que durante tres años no he cesado de amonestarlos día y noche con lágrimas a cada uno de ustedes. Ahora los encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y darles la herencia con todos los santificados.
(Hch 20, 17-32)
LECTURA EUDISTA
EL SACERDOTE, ASOCIADO A LA SANTÍSIMA TRINIDAD
“Los contemplo como los asociados del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.
Ustedes, sacerdotes, son la parte más noble del cuerpo místico del Hijo de Dios. Son los ojos, la boca, la lengua y el corazón de su Iglesia, más aún, del mismo Jesús.
Son sus ojos: mediante ustedes el Buen Pastor vela continua- mente sobre su rebaño; por ustedes lo ilumina y lo conduce, por ustedes llora sobre las ovejas que se hallan entre las garras del lobo infernal.
Son su boca y su lengua: por ustedes Cristo habla a los hombres y continúa anunciando la misma palabra, el mismo Evangelio que él proclamó en la tierra.
Son su corazón: mediante ustedes comunica la vida verdadera, de la gracia en la tierra y de la gloria en el cielo, a todos los miembros de su cuerpo místico.
Los contemplo y venero como asociados con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de manera célebre y admirable.
El Padre eterno los asocia con Él en su más alta ocupación, que es la generación inefable de su Hijo, a quien hace nacer desde toda eternidad en su seno paterno, y en su más excelente cualidad que es su divina paternidad. Porque los hace, en cierta manera, padres de su Hijo al darles el poder de formarlo y hacerlo nacer en las almas cristianas y al hacerlos padres de sus miembros que son los fieles. Así ustedes llevan la imagen de su divina paternidad.
El Hijo de Dios los asocia con él en sus más nobles perfecciones y ocupaciones. Porque los hace partícipes de su cualidad de mediador entre Dios y los hombres; de su dignidad de juez soberano del universo; de su nombre y oficio de salvador del mundo y de muchos otros títulos suyos. Y les da el poder de ofrecer con él, a su Padre, el mismo sacrificio que ofreció en la cruz y que ofrece cada día sobre nuestros altares, que es su ac- ción más santa y excelsa.
El Espíritu Santo los asocia con él en su acción más grande y admirable. Porque él ha venido al mundo para disipar las tinieblas de la ignorancia y del pecado que cubrían la tierra, para iluminar los espíritus con la luz celestial, para encender los co- razones en el fuego sagrado del amor divino, para reconciliar a los pecadores con Dios, para borrar el pecado, comunicar la gracia, santificar las almas, fundar la Iglesia, aplicarle los frutos de la pasión y muerte de su Redentor y, en fin, para destruir en nosotros nuestra antigua condición pecadora y dar forma y nacimiento a Jesucristo. Pues bien, todo esto es su ocupación ordinaria como sacerdotes, porque han sido enviados por Dios para formar a su Hijo Jesús en los corazones humanos.
Tienen, pues, una alianza maravillosa con las tres divinas perso- nas: son los asociados de la santa Trinidad; son los cooperado- res del Dios todopoderoso en sus obras más excelentes.
(San Juan Eudes, Memorial de la vida eclesiástica, 1: O.C.III, 14- 16.)
ORACIÓN EUDISTA
Los sacerdotes presentes hacen la renovación de las promesas sacerdotales según la fórmula siguiente compuesta por san Juan Eudes. Las otras personas recordarán su sacerdocio bautismal por el cual todos hemos sido configurados a Jesucristo sacerdote, profeta y rey.
Trinidad adorable, Padre Hijo y Espíritu Santo. Te adoro por lo que eres en ti misma, por las obras de la creación, por la Iglesia y por el divino sacerdocio que has establecido para tu gloria y para nuestra salvación. Tú eres el principio y la fuente del poder y la santidad del sacerdocio; Tú eres el fin de todas sus funciones; Tú eres la consagración y la santificación de los sacerdotes de la Iglesia.
Por comunicación de tu admirable paternidad, Padre Santo, han sido constituidos padres de los hijos de la luz; por participación de tu sacerdocio, Señor Jesucristo, son sacrificadores para gloria del Altísimo; por efusión especial de tu santidad infinita, Espíritu Santo, son los santificadores de los hombres. En ellos y por ellos, te haces visible en la tierra ejecutando obras que sólo pertenecen a tu poder y tu bondad.
Te doy gracias, Dios mío, porque me has escogido, por tu sola misericordia, para ejercer el sacerdocio y destinarme así al mi- nisterio de la salvación.
Te pido perdón y me arrepiento de corazón de las faltas y negligencias cometidas en el ejercicio del sacerdocio. Te ofrezco en satisfacción, la pasión, muerte y resurrección de tu Hijo Jesucristo, Sumo Sacerdote, y el honor que te rinden el mismo Jesús, María Santísima y todos los sacerdotes que han servido y sirven en tu Iglesia. Prometo, con tu gracia, llevar en adelante una vida conforme a la santidad de mi vocación y por ello renuevo ahora la profesión que hice cuando fui ordenado sacerdote.
Prometo renunciar enteramente y por siempre al pecado, al mundo y a mí mismo; unido al amor por el que quisiste escogerme para consagrarme por la unión sacerdotal, te escojo de nuevo hoy, como mi herencia, mi tesoro y mi todo: “El Señor es la porción de mi herencia, mi suerte está en tu mano”.
Como Tú eres para mí, sea yo para Ti; que mi corazón descanse en Ti como en su tesoro; que mi vida sea empleada y consagrada a tu gloria; y que mi alegría sea desempeñar santamente, por amor tuyo, las funciones sacerdotales y seguir siempre tu adorable Voluntad.
Virgen Santa, Madre del Sumo Sacerdote, Santos Apóstoles y sacerdotes, les suplico que me asocien a la perpetua acción de gracias que hacen ante Dios y me ofrezcan al Sumo Sacerdote Jesucristo; que le pidan perdón por mis ingratitudes y le supliquen me haga partícipe del espíritu y de las disposiciones con los cuales ejerció Él mismo las funciones del Sacerdocio; que me comunique humildad, paciencia, bondad y caridad apostólica para llevar a cabo el ministerio de santificación que me ha confiado.
R/ Amén, amén, por tu gracia y para gloria de tu nombre.
ORACIÓN CONCLUSIVA
Oh Dios, gloria de tus sacerdotes, que nos diste a tu Hijo co- mo Sumo Sacerdote y Pastor vigilante de nuestras almas, y le has asociado para ofrecerte una hostia pura los sacerdotes y ministros de tu Iglesia: te pedimos, por la intercesión de la Virgen María, y de tus santos sacerdotes y ministros, que reavives en tu Iglesia la gracia de tu Espíritu, para que amemos lo que ellos amaron y vivamos como ellos nos enseñaron con su palabra y su ejemplo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/ Amén.